Carlos Wynter Melo – Escritor

Las narraciones memorables pueden darnos la eterna juventud: verdades que no mueren. Este es el tributo más trascendente y escaso de la literatura. “Abrir las manos” debe leerse con atenta inocencia porque hay criaturas mágicas en los pliegues de su prosa.

Álvaro Valderas – Escritor

Constante juego de ideas. Ningún argumento –incluso los pocos que parecen previsibles– se deja encajonar por lo sabido. Móvil como una cama de agua intelectual, su tiempo lo marcan los relojes blandos de Dalí en una literatura que solo tiene deliciosa referencia en sí misma.

Pep Balcárcel – Escritor

En alguna ocasión escuché que los libros llegan a uno y no uno a ellos, una idea, que en toda su concepción, me pareció completamente cursi y decidí fingir que jamás la había escuchado. Sin embargo, siempre he creído que los libros sí llegan a cada persona por alguna razón; no importa descubrir cuál es, lo que vale es que llegan y punto.

Hace algunas semanas, un amigo me recomendó un libro de una autora panameña y según me comentó se trataba de su primera publicación y el texto había visto la luz bajo el nombre de “Abrir las manos”. Como parte de un ejercicio literario que me encuentro realizando, el cual consiste en comentar la obra de diferentes escritores que desconozco, me pareció que era una excelente oportunidad para conocer lo que acontece en el mundo creativo de esta tejedora de letras, cuyo nombre, por cierto, es Cheri Lewis G.

Debo partir desde un punto concreto: los elementos mágicos en la voz narrativa de los textos que me recuesto a leer no siempre son de mi agrado, pero hay algunos autores que saben manejarlos de una forma bastante acertada. Ese es el caso de Cheri, quien desde un inicio me dejó un buen sabor con el relato “Mujer hecha pedazos”.

Primero, debo admitir el agrado que sentí en la brevedad y la contundencia del mismo. Considero que pudo haber manejado su narrativa de una forma alternativa, en la que se le diera mayor emoción a sus personajes; conocer un poco más a fondo a esta “mujer” que se cae en pedazos, descubrir la historia detrás de ese corazón que se le perdió, hubiera hecho del relato algo más fuerte, pero no digo que esté mal. En cuanto a la idea principal y la forma en que manejó las diferentes imágenes literarias, pude sentirme complacido. Cheri nos cuenta una historia, que aunque hubiese querido conocerla a fondo, nos deja una imagen bastante poética: la de una chica que está rota, que como si el hacerse pedazos fuera algo de lo más normal. Y bueno, tal vez lo es, porque perdió el corazón, ¿no? Qué importa derrumbarse si ya no tenemos nada dentro de nosotros. Nada tiene significado si somos escombros.

El resto de los relatos tienen siempre un pequeño toque de magia, pero a la vez tocan temas bastante realistas, o que dentro de su mismo universo creativo se pierden en esa realidad. ¿Qué es la realidad? Quizás dentro de la literatura es algo realmente inexistente.

En fin, el espacio se reduce y puedo asegurar que en las narraciones incluidas en “Abrir las manos” pude encontrar un verdadero goce; es un texto inicial que pronostica muchos más, con mayor trabajo y una voz narrativa más estructurada. Lo recomiendo porque es una literatura fresca, de fácil lectura y que proporcionará entretenimiento al lector.

Para finalizar, cuando cerré el libro decidí buscar y leer nuevamente aquel cuento de Gabriel García Márquez llamado “Sólo vine a hablar por teléfono” (con acento diacrítico en la “o” del “solo” porque es el título original). Quizás me hizo recordarlo.

Raúl Altamar Arias – Escritor
– Septiembre 2013

…Lewis muestra un toque de esa imaginación mágica en su primer libro de cuentos que me impactó desde el principio.  Además de tener una prosa efectiva y un buen ojo/oído/pluma para los diálogos, la creatividad que vemos en sus singulares historias es producto de una persona que, además de mantener viva un poco de su inocencia, asume el carácter de un adulto con un enfoque juguetón y ligeramente perverso. Se nota que Lewis creció en el interior [fuera de la ciudad de Panamá] pero que también tiene toda la cultura y sensualidad de la ciudad, porque hay historias que reflejan claramente estas dos influencias.

Destaca un elemento tétrico, no tanto de miedo ni de suspenso, sino tétrico, de cosas extrañas que te incomodan y que no necesariamente puedes explicar. También la sexualidad es notable y es manejada con particularidad, casi con jocosidad, lo cual siempre es bienvenido.  Son una docena de cuentos que en 87 páginas te llevarán al mundo especial en la linda cabeza de Lewis. “Testamento” es como la peor pesadilla de entierro que te puedas imaginar como hijo; “La muralla”, en el cual se desarrolla una obra de teatro tan interesante como cualquier otro libro de la feria, dice mucho de nuestras pasiones y miedos secretos; “Salir a flote” es como una película de esas actuadas, no animadas, de Disney con un barquito y un mensaje inspirador; “Sangría” no es de vampiros, ¿o sí?; y los dos últimos cuentos, unidos por una puta, hacen de puente entre la ciudad y el interior (mientras comentan la arrechera de los hombres).

Lewis es una nueva autora a quien invitaría, aunque no tengo que hacerlo, a seguir creando y pensar en grande, porque una imaginación como la suya, combinada con la práctica constante del buen escritor, solo producirá cosas interesantes y dignas de las letras locales.

El pasado 20 de julio de 2015, F&G Editores ofreció una firma de libros para la nueva edición de «Abrir las manos» bajo este sello editorial. El evento se dio dentro de la Feria del Libro de Guatemala 2015. Muchas gracias, Guatemala. Nos vemos pronto.

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F&G agenda

Arte filgua cheri

El pasado sábado 28 de febrero de 2015, se llevó a cabo en Exedra Books el evento Encuentro con los autores, presentando a las cuentistas Annabel Miguelena, Cheri Lewis G. y Carolina Fonseca.

Los asistentes pudieron disfrutar de una tarde muy divertida donde las autoras leyeron algunos de sus cuentos y hablaron de literatura con el público. Moderó el escritor panameño Dimitrios Gianareas.

Aquí algunas fotos del evento.

Annabel Miguelena, Carolina Fonseca, Dimitrios Gianareas y Cheri Lewis G.

Annabel Miguelena, Carolina Fonseca, Dimitrios Gianareas y Cheri Lewis G.

Público asistente.

Público asistente.

El público comparte con los autores.

El público comparte con los autores.

Los libros de las autoras.

Los libros de las autoras.

Lectura de Carolina Fonseca.

Lectura de cuentos de Carolina Fonseca.

Cheri Lewis G. lee su cuento.

Cheri Lewis G. lee su cuento.

Palabras de Annabel Miguelena.

Palabras de Annabel Miguelena.

Annabel Miguelena, Carolina Fonseca, Dimitrios Gianareas y Cheri Lewis G.

Annabel Miguelena, Carolina Fonseca, Dimitrios Gianareas y Cheri Lewis G.

Carolina Fonseca, Cheri Lewis G. y Annabel Miguelena.

Carolina Fonseca, Cheri Lewis G. y Annabel Miguelena.

Cheri Lewis G. dedica su libro.

Cheri Lewis G. dedica su libro.

Adrian Morales, Cheri Lewis G. y Anitxis Hernández.

Adrian Morales, Cheri Lewis G. y Anitxis Hernández.

El pasado mes de julio, se celebró en Panamá el Segundo Congreso Internacional de Críticos Literarios y Cuentistas Panameños, con el tema Cuentística femenina de Panamá: 1960-2014. Participaron críticos nacionales e invitados internacionales, quienes analizaron la obra «Abrir las manos» de Cheri Lewis G.

La autora estuvo feliz de compartir con ellos y con otras cuentistas de Panamá las diversas actividades realizadas durante esos días, que enmarcaron un ambiente festivo en del ámbito literario panameño.

Afiche oficial del Congreso

Arriba, con los escritores, de izquierda a derecha

Arriba, Cheri Lewis G. con los críticos que analizaron su obra. De izquierda a derecha: Fátima Nogueira (Brazil), Dra. Araceli Soní Soto (México), Carlos Fong (Panamá), Cheri Lewis G., Jorge Ávalos (El Salvador), Enrique Jaramillo Levi (Panamá), Fernando Burgos (Chile). Abajo: Mesa de lectura de cuentos por sus autoras. De izquierda a derecha: Isabel Burgos, Lissete Lanuza Sáenz, Cheri Lewis, Alondra Badano.

BLANK – JUNIO / JULIO 2014

Hace algunas semanas atrás, un sábado en la mañana, me despertaron catorce llamadas perdidas del vecino de mi abuelita, que vive en el interior, para decirme que se había puesto muy mal y se la habían llevado al hospital. Luego de arreglar los principales asuntos pendientes en mi casa, salí de la ciudad rumbo al interior. El trayecto empezó mal, con un tráfico espantoso en la salida del Puente de las Américas que me atrasó casi una hora. A la altura de Coronado comenzó una pertinaz lluvia que no cesaría hasta llegar a mi destino. Durante el camino, mis tías me llamaban constantemente para preguntarme cómo iba, que por dónde iba y, sobre todo, que por qué iba sola. Para la mayoría de mis familiares, que una mujer maneje sola hacia el interior es el equivalente a llevar el anillo de Saurón a Mordor. A mí me parece más peligroso manejar diariamente en la ciudad, la gente conduce aún peor y va con menos cuidado, pero entiendo que es peligroso. Debo confesar que hubo una parte del camino en la que llovía tan fuerte y estaba tan oscuro que pensé que si el carro se me paraba en ese lugar, no sabría si tenerle más miedo a la aparición de un hombre, un animal o una cosa; el escenario era tan macabro que cualquiera de las tres opciones me parecían completamente válidas. Afortunadamente, no tuve ningún inconveniente, pero debido al tráfico y la lluvia, llegué al hospital casi a las diez de la noche, sin haber hecho ninguna parada en todo el camino.

Mi abuelita estaba internada en un hospital público. Luego de caminar por un largo y oscuro corredor, impregnado de aquel característico olor a alcohol, encontré a mi abuelita acostada en una cama de la última sala. La sala contaba con seis camas, de las que estaban ocupadas cuatro. Junto a cada cama había un único taburete para las visitas. Mi abuelita era la única paciente que estaba sola, había estado acompañada durante el día, pero a esa hora ya se habían retirado el resto de los familiares. Durante el camino había pensado que lo más probable era que tuviera que dormir en el hospital, pero con tantas cosas en mi cabeza, no me había preparado psicológicamente para lo que me esperaba. Estaba cansada, agobiada, no había comido nada desde el almuerzo y a esa hora iba a ser muy difícil comer algo. Frente a mi abuelita había una señora mayor muy enferma, su nieta la estaba cuidando y sacó de su maletín un paquete con varias galletas de sal. Me acerqué a ella y le pregunté si podría venderme una, le conté que no había comido en todo el camino y que esa sería mi cena. La señora se apiadó de mí y me regaló un paquetito de galletas y un jugo. Gracias a la generosidad de aquella mujer pude reducir un poco la fatiga. A los pocos minutos apagaron las luces y cada quien se acomodó en su silla lo mejor que pudo. Tengo que reconocer que dormir en el taburete de un hospital es de las cosas más difíciles que me ha tocado hacer en la vida. En realidad uno no duerme, es más bien un estado intermedio. A esa hora el tiempo corre más lento, el aire se siente más frío y cualquier incomodidad que uno pueda tener se magnifica. Caminé hacia la sala de estar y encontré un grupo de sillas desocupadas. Le pregunté a la enfermera si podía acostarme en ellas y accedió. Al menos pude estar en posición horizontal por un rato, pero las divisiones entre una silla y otra se me incrustaban en la espalda. De vez en cuando me levantaba para ver a mi abuelita y regresaba. Justo me estaba quedando dormida cuando a las 4:30 a.m. prendieron todas las luces y una enfermera dijo en voz alta: ¡Hora del baño! Sí, mandan a bañar a los pacientes a esa hora. Ya no había forma de dormir otra vez. A esa hora empieza el día en el hospital público. Creo que por el simple hecho de estar ahí, se crea una especie de complicidad entre enfermos y familiares. Hay que ser muy duro para compartir un cuarto con otras personas y no preguntar sobre su condición. Me tocó ver cosas muy fuertes, personas cuya vida pendía casi de un hilo, familiares que no dejaron solos a sus seres queridos ni por un solo minuto y otros que, prácticamente, se olvidaron de los suyos. Estuve en el hospital con mi abuelita dos días, y como aún no le daban salida, me tuve que regresar a la ciudad. Sin embargo, no todo fue malo. Mi papá se ofreció a acompañarme de regreso a Panamá y estuvimos conversando todo el camino de vuelta. Aquella ha sido la conversación más larga y amena que he tenido con mi padre en toda mi vida y eso me alegró mucho.

Afortunadamente, a mi abuelita le dieron de alta y, aunque sigue delicada, está mejor de salud. Haber vivido esa experiencia me convirtió en otra persona, creo que en dos días aprendí más sobre humanidad que en años. Las mujeres que conocí en esa sala, médicos, enfermeras, familiares que estuvieron al pendiente, las conversaciones que tuve con todas y cada una de ellas me marcaron profundamente. Una vez dije que es bonito cuando nos une la amistad, es maravilloso cuando nos une el amor, pero es extraordinario cuando nos unen las desdichas. Y en ese viaje, lo pude comprobar.

Sábado 25 de enero de 2014, de 10:00 a.m. – 12:00 p.m.

¡Gracias, Exedra Books!

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Encuentro de Autores y Amigos

BLANK – ABRIL / MAYO 2014

Nunca olvidaré la primera película de terror que vi. Era sobre unos zombis que se comían a un pueblo entero. Fui con mi hermana y unas amigas a lo que, en esa época, era el Teatro Fénix en Chitré y salí completamente traumatizada. Sobre todo porque vivía a una cuadra del cementerio, y como me decía mi hermana: «si se despiertan esos zombis, a nosotras nos comen de primero». Luego de un infructuoso intento de convencer a nuestros padres de mudarnos de casa, el asunto de los zombis pasó a segundo plano y no hizo otra cosa que fomentar en nosotras el deseo de ver más películas de terror. Así conocí a los monstruos clásicos del cine: el Conde Drácula, el hombre lobo; a los modernos: Jason Voorhees de Viernes 13, Freddy Krueger, y muchos más.

Sin embargo, a medida que uno va creciendo, los monstruos de las películas van siendo reemplazados, en cierta manera, por los monstruos de la vida real: el miedo a los ladrones, a quedarse sin trabajo, a perder a los seres queridos. Y es así como vamos creando en nuestra mente, todo un abanico de inseguridades.

Yo, en este momento, estoy muerta de miedo. Le temo a un monstruo que es más real que cualquier otro y contra el cual me siento indefensa. Le temo a un insecto. Un insecto que no mide más de una pulgada y que me tiene completamente paranoica: el mosquito Aedes aegypti, transmisor del virus del dengue. Mi temor es tan grande que ha afectado incluso las actividades que solía hacer a diaro. Yo vivo en San Francisco, y todas las mañanas me iba caminando a hacer ejercicio al Parque Omar. Dejé de hacerlo porque, desafortunadamente, vivo en una de las áreas con uno de los más altos índices de casos registrados. Cuando anunciaron en las noticias que habían encontrado víctimas cuatro calles antes de la mía, me volví loca. Miraba por la ventana y contaba las calles en las que se habían dado los casos y donde seguro andaban revoloteando esos animales. Me moría de la angustia. Llamaba a mis amigas y les decía: «¡Van a venir, van a venir para acá los desgraciados!». Era como esperar el apocalipsis zombi, pero en miniatura. Y en efecto, así fue. A la semana siguiente, publicaron que habían casos tres calles antes, luego dos, y hace algunas semanas, se dio el primer caso en el edificio justo al lado del mío. El miedo que sentía era espantoso porque aunque yo no tenga basura, envases con agua, o cualquier otro tipo de criaderos de mosquitos, ¿quién me garantiza que al salir al carro me no me pique uno? O caminando hacia la lavandería, o en la farmacia. Es realmente frustrante, pues el dengue es una enfermedad muy seria. No existen vacunas, ni medicinas «anti-dengue». Tengo entendido que si te da, solo te mandan remedios para la fiebre o para los síntomas, y ya. Te lo tienes que aguantar hasta que se vaya y, por lo que he leído, dura bastante y te pone muy mal.

Yo me siento impotente y desprotegida en muchos sentidos, porque al menos, si uno le tiene miedo a los tiburones, con no meterse al mar se soluciona. Si le temes a los leones, con estar alejado de los circos, los zoológicos o de África es suficiente. Pero cuando le temes a un mosquito que puede estar en cualquier parte de la ciudad, en la calle, el parque, o incluso dentro de tu propia residencia, no hay mucho que uno pueda hacer.

Yo salgo en mi carro y veo al conserje todo el día afuera de mi edificio, la gente caminando por la calle, trabajando, esperando el metrobús. Todo el mundo haciendo su vida normal, riendo, jugando y yo me pregunto, ¿cómo harán para no preocuparse? Lo he analizado mucho y he elaborado diversas teorías: que no están anuentes del peligro que los acecha; que aunque estén anuentes, no les importa; que quizás sí están anuentes y sí les importa, pero simplemente deciden ignorarlo, y así me voy ¡POR HORAS! Sé que soy una exagerada, alarmista y pesimista. Con todo lo que le he invertido en el tema, probablemente ya hubiera encontrado la solución para la paz mundial, o si supiera de medicina, la cura para el mismísimo dengue.

Sin embargo, al final, luego de mucho debate y quizás como mecanismo de defensa de mi propia mente para no quedar en un manicomio, llegué a la conclusión de que de nada servía seguir atormentándome por algo que se sale de mis manos. Con mosquitos o sin ellos, igual tengo que trabajar todos los días, visitar clientes, hacer compras, asistir a eventos, es decir, hacer todo lo que he hecho todos los días, durante toda mi vida. Solo queda cuidarse lo más que uno puede y esperar que los demás hagan lo mismo.

Poco a poco he vuelto a ir al parque y aunque no he dejado de pensar en el asunto, ya no me preocupo tanto por él. Estoy aprendiendo a aceptar que si no puedo controlar las cosas que no dependen de mí, debo seguir adelante porque tampoco es saludable vivir de esa manera. Se puede tener miedo a muchas cosas: a la oscuridad, a los monstruos, a las deudas, o en mi caso, a ciertos mosquitos. Se puede vivir con esos miedos, pero lo que no podemos hacer es dejar de vivir por culpa de ellos.