El bosque siempre verde es un ecosistema denso, tupido, diverso, lleno de vida. El lugar perfecto para explorar el universo de una ardilla. Entrevistas, columnas, fotografías y artículos varios publicados en diferentes temporadas dentro de un mismo hábitat.

Fotografía por Stuart Hooper

Tal como revela su título, Puente Levadizo es una antología de veinticuatro cuentos, divididos en doce de autores panameños y doce de autores españoles. Este puente, tendido sobre el Océano Atlántico, ofrece una muestra rica y diversa de escritores de ambos continentes dentro de una amplia brecha generacional, lo que enriquece grandemente la obra y acentúa el intercambio cultural que propone.

La recopilación de los textos panameños estuvo a cargo de Enrique Jaramillo Levi y está compuesta por los escritores: Justo Arroyo (1936), Pedro Rivera (1939), Moravia Ochoa López (1939), Dimas Lidio Pitty (1941), Enrique Jaramillo Levi (1944), Consuelo Tomás Fitzgerald (1957), Dimitrios Gianareas (1967), Isabel Burgos (1970), Carlos Oriel Wynter Melo (1971), Melanie Taylor Herrera (1972), Pedro Crenes Castro (1972) y Roberto Pérez Franco (1976).

Del otro lado del océano, Pedro Crenes Castro se encargó del trabajo de los autores españoles: José María Merino (1941), Juan Pedro Aparicio (1941), Cristina Fernández Cubas (1945), Ángel Olgoso (1961), Hipólito G. Navarro (1961), Javier Sáez de Ibarra (1961), Ángel Zapata (1961), Eloy Tizón (1964), Juan Carlos Márquez (1967), Pilar Adón (1971), Patricia Esteban Erlés (1972) y Marina Perezagua (1978).

La temática en Puente Levadizo es muy variada, tanto en los autores dentro su propio territorio como a nivel global. Al no existir un tema o estilo en común, se puede disfrutar con mayor libertad de la individualidad de cada uno de los textos. El libro empieza en un continente y a medida que se avanza hacia el otro, podría decirse que más que pasos, se dan brincos, y es con esa grata sensación de ir saltando a través de pequeños universos, que se recorre la obra.

De los cuentos panameños, amplío dos de mis favoritos: El jardín de Urbano de Justo Arroyo y Con forma de varón de Moravia Ochoa.

El jardín de Urbano, cuento que abre la colección, narra el estrecho vínculo que crea un niño de diez años con su primo Urbano, un sepulturero obsesionado con perfeccionar fosas «al nivel». Y es esa necesidad de alcanzar la perfecta simetría para depositar un ataúd lo que lo empuja a un desequilibrio emocional que se desata con el entierro de su madre. Urbano se aparta de los vivos para entenderse con los muertos. Su primo, en un desesperado intento por regresarlo a la realidad, queda involucrado en un acto siniestro que sellará el destino y la vida de ambos. Este cuento, enmarcado en velorios y despedidas, es un homenaje a la muerte, que se dibuja no como lo opuesto a la vida, sino literalmente, como un florecimiento.

Con forma de varón describe la historia de una mujer de la ciudad que decide mudarse al campo para «vivir como la campesina que llevaba en el alma». La mujer se establece en la casa que pertenecía a su padre, un lugar lleno de recuerdos de familiares, amigos y amores que han desaparecido de su vida. Pero esa paz y serenidad que tanto anhela se ve perturbada con la aparición de un hombre misterioso, que para algunos lugareños es la personificación exacta del demonio. Este hombre, en el papel de lobo vestido de oveja, encarna todo aquello que la mujer teme y, en el fondo, desea. La prosa sutil, elegante y sensual de Moravia Ochoa introduce al lector en el interior de esta mujer que es joven, es adulta y también es una anciana. Una mujer sin edad que refleja a todas las mujeres, y cuyos temores, dudas y remordimientos se conjugan en un ser que la seduce, que más que hombre es diablo, y que más que condenarla, la libera.

De los autores españoles, profundizo en dos cuentos fabulosos: El valor de Ángel Zapata y Criptonita de Patricia Esteban Erlés.

El valor comienza ubicando al lector en un islote en Oceanía cuyos únicos habitantes son dos náufragos: Dámaso, un viejo marino de piel curtida y larga barba, que ha permanecido en la isla demasiado tiempo, y Roque, un ingeniero de mediana edad, que lleva en el islote solo tres meses. El viejo y el hombre establecen una relación de padre e hijo, donde a veces no se sabe bien quién es el padre ni quién es el hijo. Para estos hombres, despojados de todo cuanto tenían y de lo que una vez fueron, el pasado es demasiado doloroso, el presente parece inacabable y el futuro se presenta aún más desalentador. «Hay que tener valor antes que nada. Tener valor es lo primero», menciona Dámaso. Y así, a través de los diálogos entre ambos personajes, ambientados en esa isla lejana donde el mar recoge letras rojas que se apilan en la orilla, el cuento descubre la profundidad de la naturaleza humana en situaciones de desolación y su capacidad de sobrevivir a la desesperanza y al desconsuelo, aún cuando toda ilusión parezca ya perdida.

Criptonita relata la historia de una mujer que compra una pedazo de criptonita por internet. La roca es supuestamente extraída de un yacimiento serbio por dos geólogos estadounidenses, quienes aseguran su autenticidad e inocuidad. La soledad en la que vive esta mujer, cuya única compañía es su gato Carygrant, se hace más llevadera gracias a la satisfacción que le produce ser dueña de este fragmento de piedra, en teoría proveniente de Kripton. Guardada cautelosamente en el cajón de sus bragas, la criptonita es su pequeño tesoro oculto del resto del mundo. Un secreto que no pretende revelar a nadie, así como Clark Kent escondía su otra identidad. La mujer aparenta tener una vida feliz con su criptonita y su gato hasta que aparece Grandísimo Hijo de Puta, un hombre que a medida que se desarrolla la historia, nos descubre las razones por las cuales se hace meritorio de tan despreciable apelativo. Criptonita es una historia que gira en torno a la confianza, esa que con facilidad somos capaces de depositar en extraños que aparecen en internet como en la pareja que duerme a nuestro lado. El cuento sugiere además, que la vida es un riesgo donde, al igual que Superman, exponernos a nuestras debilidades pocas veces nos libra de salir ilesos.

Puente Levadizo reúne veinticuatro narraciones cuidadosamente seleccionadas y, con ello, ofrece una muy buena muestra del talento en las letras de ambos países, que aunque estén ubicadas en dos extremos de la geografía mundial, siguen estando unidas por el lazo cultural que identifica a las obras latinoamericanas.

Portada Puente Levadizo

Melissa Pinel Z. – Diario La Prensa de Panamá

La primera compilación de cuentos de Cheri Lewis es irreverente y espeluznante; una combinación que solo los buenos textos hacen funcionar. En ‘Abrir las manos’ hay bastante de eso.

Para mí, a veces, lo mejor de perderse entre las páginas de un libro es tener que cerrarlo súbitamente, con la piel erizada, para preguntarse en voz alta si lo leído realmente acaba de pasar.

Así es leer Abrir las manos, la compilación de cuentos de la autora panameña Cheri Lewis. De los 12 cuentos, al menos cinco me hicieron parar en seco para releer alguna frase o admirar el ingenio con el que el cuento terminó. Otros tres han venido a mí en momentos en los que mi mente aparentaba estar en blanco y dos más los he relatado en voz alta, sin poder esperar que el oyente encontrara el tiempo para leerlo por su cuenta. Cuando algo es bueno, dan ganas de compartirlo.

Todo en este libro es un ejercicio para ver qué tan libre los lectores se atreven a dejar correr la imaginación. En Mujer hecha pedazos, Lewis nos convence de la existencia de una chica a quien las extremidades se le caen en los momentos más inoportunos, y en Salir a flote, una relación dependiente y casi amorosa entre una joven y un bote rojo salta de la página sin pedirle permiso a nadie.

Lo bueno de este fantasioso viaje es que el lector nunca está solo. Los protagonistas acompañan, desde la incredulidad hasta la aceptación, y llegadas las últimas líneas de cada nueva aventura solo queda resignarse a que lo vivido –o en nuestro caso lo leído– es tan real como cualquier otra cosa.

Lewis, que nació en la provincia de Herrera, en Panamá, logra que sus cuentos tomen una dimensión que alterna entre lo tremendamente local y lo que no necesita nombrar el lugar en el que acontece para resonar. En un mismo libro conviven Episodio de la cantina en dos actos, cuyos protagonistas son dos campesinos temerosos de lo sobrenatural, con cuentos como La muralla, en el que un hombre visita un teatro que bien podría estar en cualquier ciudad del mundo.

 Con una redacción que no es pretenciosa, cada cuento en Abrir las manos habla de dudas plenamente humanas a las que un giro inesperado pone de cabeza. Los clichés pocas veces se cuelan entre el texto, en el que refresca no hallar los protagonistas clásicos de las producciones latinoamericanas.

Me quedo con Abrir las manos, el cuento que da nombre al libro. Quizá porque la primera vez que lo leí fue en un semáforo, tan inmersa en la lectura que no vi la luz cambiar a verde. O quizá porque su historia me recuerda un poco el tipo de fantasía al que es tan propenso uno de mis autores favoritos, el inglés Neil Gaiman.

Ya no tengo más cuentos de Cheri Lewis qué leer. Eso, confieso, me da pesar.

Araceli Soní Soto – Doctora en letras modernas por la Universidad Iberoamericana de México.

La panameña Cheri Lewis recurre al absurdo y al humor para contar historias. Lo manifiesta en cuentos inverosímiles como “Mujer hecha pedazos”, en el que a la protagonista se le caen los brazos y las piernas en cualquier momento, pero quien de manera natural se los vuelve a colocar. Durante la vida se pueden perder muchas cosas, desde las partes del cuerpo, los objetos, los documentos, pero hay pérdidas trascendentes y sin embargo ocurren, se infiere de la lectura. El cuento, entonces, se puede interpretar como una metáfora de un corazón destrozado; la “mujer hecha pedazos” es aquella que ha perdido la razón ante la desaparición del amor: “he perdido las llaves, el pasaporte, la cartera, ya perdí al amor de mi vida, como no se me iba a perder también un brazo”, dice el texto. En los cuentos “El delantal rojo” y “Testamento” también está presente el absurdo y el humor y se emplean para restar dramatismo al significado de la enfermedad y la muerte. En el cuento “Testamento”, además, a manera de meta texto incluye un testamento realmente descabellado que expresa la última voluntad de la fallecida madre de tres hijos. Con esto, la escritora recrea la muerte, a la vez que ironiza a la burocracia de manera humorística.

Respecto a la manera de recrear a sus protagonistas mujeres, Cheri Lewis les otorga un rol invertido respecto a lo que comúnmente sucede. Así, Mariana, en el cuento “Lágrimas”, a quien “no le gustaba llorar, pero le encantaba coger”, sufre y llora porque todos los hombres, sin excepción, se enamoran de ella y le basta acostarse con alguno para que deje de interesarle. Aquí, la narradora, emplea un lenguaje soez y humorístico.

En cambio en “La muralla” el estilo cambia, pues a través de una meta ficción teatral hunde a los lectores en una experiencia catártica en la que la música es un factor central. Dos mujeres en el escenario divagan sobre el miedo a la vida y a la muerte, y al quedarse dormidas lo que permea el ambiente es la música de un violín con una melodía muy triste que evoca nostalgia y melancolía. El protagonista de este relato cuenta dos historias a la vez: la que ocurre en la escena teatral y la que vive a su alrededor con dos extraños personajes que se ubican en los asientos aledaños. Las dos historias paralelas (la que vive el personaje y la del teatro) se fusionan ante una idea: la pérdida del miedo ante la vida y la muerte.

Melquíades Villarreal Castillo – Escritor

Abrir las manos de Cheri Lewis G. es una de esas obras de las cuales el lector no logra reponerse de tantas sorpresas al sentir violentados todos los paradigmas de la lógica que motivan a entender el mundo desde una perspectiva prediseñada, aunque los universos recreados por esta cuentista no se ajustan a los consabidos modelos.

La obra consta de doce historias que afectan nuestro punto de vista previo. Desde los elementos paratextuales, evidenciamos el interés lúdico de la autora, quien introduce el cuentario con un epígrafe de Roberto Bolaño que es, en esencia, un reto a descubrir lo desconocido: “Se puede leer como una agonía.  También se puede leer como un juego.” Y puedo asegurar al lector que en esta obra se encontrará con un artificioso juego que seduce, entretiene y convence de que la joven literatura panameña se encuentra en un  sorprendente estado de  florecimiento.

Desde el primer relato Mujer hecha pedazos divisamos elementos novedosos, mágicos e inusuales; por ejemplo: una mujer a quien se le desprende un brazo sin dolor, sin queja, sin sangrado en un hecho tan natural que turba.Y es que el cuento está diseñado de manera tal que todos los elementos concuerdan en un binomio conformado por lo normal y lo inaudito. Resulta insólita la visión que tiene Marta sobre su propia realidad, pues las personas parecen fijarse solamente en las cosas sin importancia: la pérdida de un pasaporte, las llaves o una cartera, sin darse cuenta de que lo único que ha perdido ella de valor es su cabeza por amor a un hombre que no la supo valorar.

Otro homenaje al absurdo es el cuento Testamento en el cual Cheri Lewis esboza una trama extravagante. La historia de dos esposos muertos simultáneamente. Un testamento en el que se aclaran los bienes existentes y la forma como serán distribuidos entre los hijos.  Además de eso, el deseo de los esposos de ser sepultados juntos, en el mismo féretro. Y lo más extraño el deseo de la esposa que le introdujeran el pene de su marido en la vagina como muestra de eterno amor. Se dan conflictos que convierten el relato en una verdadera muestra de calidad literaria.

Hasta el erotismo recibe un tratamiento novedoso por parte de esta autora. El cuento Lágrimas es desconcertante. Cuenta la historia de Mariana, una mujer que tiene el problema de que apenas tiene relaciones sexuales con un hombre se desenamora de él.

Cosas que suceden en la fila del Seguro Social recoge una realidad espeluznante de las cosas que ocurren en esta institución de salud. Una chica asiste a esta dependencia con la finalidad de buscarle unas medicinas a su madre y termina internada en una sala siquiátrica, sin lograr entender la causa de las acciones.

Finalmente, me referiré al relato que regala su nombre a la colección: Abrir las manos. Que a mi juicio tiene intertextos de Cien años de soledad: Una casa en la que vive una madre y sus dos hijas se va llenando de bebés que llegan en bandadas apoderándose de todo.  Y su partida misteriosa en la cual se llevan a una de la hijas que, cual Remedios la Bella, se desvanece sin que nunca se vuelva a saber de ella.

Abrir las manos es un libro que sugiere múltiples lecturas, diversas posibilidades de entender mundos ficticios, muestra clara del acertado proceso evolutivo que viven nuestras letras por lo que invito a cualquier lector interesado, que no tenga miedo a las sorpresas a internarse en los arcanos de sus páginas.

Enrique Jaramillo Levi – Escritor

En la narrativa breve de Cheri Lewis el absurdo es una constante, al igual que la osada franqueza sexual y el desparpajo existencial, los cuales se presentan con la mayor naturalidad dentro de una permanente actitud lúdica frente a la vida y de cara al reto de la creación literaria.

En sus mundos ficcionales hay un total desenfado, absoluta naturalidad, incluso humor, ironía a ratos. A ello contribuyen varios factores: a) Esta nueva autora narra sus historias con gran soltura y sencillez en el uso del lenguaje. b) Tiene una visión coherente y armónica de este tipo de realidad. c) Sabe ser amena, y logra pasar de una secuencia narrativa a la siguiente con singular fluidez y manteniendo siempre abiertas las expectativas del lector en cuanto a lo que va a suceder. d) No dramatiza sus escenas ni convierte en víctimas ni en chivos expiatorios a sus personajes, por más chuscas o irracionales que puedan ser en el fondo las cosas que pasan.

Y es que en sus cuentos se da por sentado que todo es posible, que nada es demasiado sorprendente o extraño o raro, aunque lo sea. Es uno de sus grandes méritos. No sólo porque le funciona muy bien, sino porque es una manera de escribir muy poco usada en nuestro medio, en donde tendemos a convertir lo sobrenatural, lo fantástico, lo grotesco o lo absurdo en tragedia terminante e irredenta.

También el tema de la sexualidad es abordado por Cheri Lewis sin tapujos. Con osadía y gracia, con fuerza y ostentación, con sarcasmo a veces. Siempre con desapego absoluto al qué dirán, como una auténtica creadora que no solo llama a las cosas por su nombre y se mete en ellas sin temor al qué dirán para poderlas captar mejor aunque no siempre puedan entenderse, sino que al ir creando espacios singulares de identidad se ha forjado parcelas muy particulares y no obstante aptas para ser compartidas con el lector como si este fuera una suerte de cómplice. Y la autora hace uso de esta actitud con absoluta libertad. Así, el famoso cuarto propio que en su momento exigía Virginia Woolf para las escritoras de su tiempo ha sido plenamente habitado por Cheri Lewis, sintiéndose sin duda, además, muy a gusto en él.

Se trata entonces de un primer libro gratamente sorprendente. Inquietante. Desafiante. Estamos frente a una cuentista que, sabiéndose renovar, no repitiéndose, promete abrir nuevos horizontes ficcionales en el tejido heterogéneo y creciente de nuestras letras nacionales. Hay varias señales de esto: a) Si bien, en general, la actitud de desenfado y humor de nuestra autora se mantiene en todo el libro, resulta gratamente sorprendente descubrir cómo cada uno de los 12 cuentos que lo integran tiene un tema, una estructura, un tono, un lenguaje, una proyección muy particulares. b) La cotidianidad como rutina, como manera de ser de las circunstancias tiene tanta importancia –pese al desenfado tonal—como la manera en que los personajes viven las fracturas o quiebres o rupturas de la realidad que de una forma u otra conviven con esa cotidianidad o en un momento dado la invaden tornándola otra. Esto significa que hay una permanente concepción artística que subyace en la visión de mundo de la autora al lidiar con la realidad, y que tiene los instrumentos formales que hacen posible su plasmación literaria.

Veamos tres ejemplos: En “Mujer hecha pedazos”, cuento que abre esta colección, la creatividad arranca desde el título mismo. Podría ser el nombre de un cuadro en su capacidad de síntesis, de estampa congelada. Y además resulta que esto es exactamente lo que pasa a varios los niveles en la historia, puesto que en el plano real trata de una mujer a la que se le caen al azar, sin causa justificada, diversas partes de su cuerpo –brazos, piernas–, como si de prótesis que se quitan y se ponen se tratara. Pero en un nivel simbólico pareciera aludirse, acaso subliminalmente, a una falta de paz interior en el personaje, de unidad psicosomática, a causa de un viejo y aún reptante traumatismo emocional ocasionado por una relación amorosa fracasada.

En “Abrir las manos”, cuento que da título al libro, se conjugan la creación de una atmosfera inquietante, enrarecida, pausadamente amenazante, y la irrupción paulatina de hechos que al infiltrar cada vez más la paz familiar terminan desquiciándola sin remedio: una horda de bebés sobrenaturales invaden el hogar, se apropian de él, y finalmente se llevan sin violencia externa pero en una suerte de conjuro inexorable a uno de los miembros de la familia sin que los demás puedan hacer absolutamente nada al respecto. Ocurre, pues, la escenificación de la impotencia ante lo desconocido, ante lo inaudito, plasmada magistralmente en unas cuantas surrealistas pinceladas trazadas con gran plasticidad. Si en el cuento “Casa tomada” de Cortázar los hermanos que habitan la casa se sienten impelidos a abandonarla por el avance de misteriosos ruidos que poco a poco avanzan desde el fondo hacia adelante ocupando espacios antes privados, en este cuento de Cheri Lewis es uno de los personajes (una de dos hermanas) el que es inducido por la presión grupal abrumadora de estos extrañísimos bebés superdotados salidos quién sabe de dónde –que nunca emiten sonido alguno— para abandonar su hogar e irse custodiado por ellos como en el lento ritual de un secuestro silente.

“La muralla”, a mi juicio un gran cuento, es un desmesurado tour de forcé narrativo en el que realismo y teatralidad se funden y se confunden, tanto desde sus respectivos ámbitos de realidad como a lo interno de cada uno de esos ámbitos. En este cuento todo funciona imprevisiblemente para que las expectativas del lector no se cumplan. Porque como a veces ocurre en la vida misma, no hay manera de entender cómo pasan las cosas, por qué suceden de forma tan extraña o inaudita, ni cuáles habrán de ser sus consecuencias…, hasta que de pronto las consecuencias se desatan bruscamente y, sin piedad, causan estragos irreparables. Y es que Cheri Lewis sabe en este cuento hacer convivir lo que sucede en un palco desde donde tres personajes comparten un espacio como espectadores de una obra teatral, con la obra misma que se está escenificando. Por un lado, en dicha obra, dos hermanas y una muralla que es preciso escalar para escapar de la vida o de la muerte, según se mire, son la única, escueta escenografía. Una obra, por cierto, que nos remite al más puro teatro del absurdo a lo Beckett, Ionesco, Pinter o Albee, dramaturgos antes mencionados de esa escuela de mediados del siglo xx. Pero por el otro lado, la interacción emocional que ocurre en el palco entre los tres personajes, y que acaba en tragedia.

Cada uno de estos doce cuentos de Cheri Lewis es digno de análisis por su calidad y por su ejemplaridad en cuanto a cómo se puede ser versátil en la creación literaria sin traicionar un estilo propio, un estilo que ya nace cuajado y que subyace en el conjunto y se yergue dándole sentido al sensentido. Un buen crítico literario fácilmente podría entusiasmarse tanto con estos cuentos como para escribir todo un libro en torno a “Abrir las manos”, primer libro de su autora, obra que, como quien no quiere la cosa, rompe esquemas y abre caminos en la literatura de ficción breve de Panamá.

Carlos Fong – Escritor

Queremos iniciar esta comunicación expresando que el libro de cuentos del que nos ocupamos en este breve estudio, si bien es cierto se titula Abrir las manos (2013), de la joven escritora Cheri Lewis G., no puede leerse sin que en algún momento el lector no sienta el impulso de cerrar los ojos. Sí, porque los cuentos de esta autora, su discurso implícito, son al mismo tiempo un co-relato tácito que nos desnuda y nos acerca a nuestra condición humana sin pudor y sin beneplácitos. Los doce cuentos de Abrir las manos nos hacen cerrar los ojos para repensar el significado de las relaciones humanas y sus contrariedades; la insoslayable realidad y sus tensiones.

Los conflictos que Cheri Lewis crea a sus personajes son una forma de aproximarnos a la otredad y a realidades llenas de humanidad. La propuesta de Cheri nos hace abrir un libro para disfrutar de historias donde encontramos muchos códigos existenciales: las relaciones familiares, el sexo como elemento transgresor, el tiempo como resistencia, los poderes institucionales, el amor filial, la casa como contexto psicológico, la otredad, la personalidad y las identidades, el miedo y la felicidad, los rituales y las creencias, entre muchos otros que podrían ser objeto de otros enfoques desde el comentario literario especializado. Queremos ocuparnos brevemente de los cuentos de Abrir las manos e intentar resaltar algunos registros que han llamado nuestra atención.

Antes de adentrarnos en las historias de Cheri Lewis nos gustaría apuntar que encontramos ciertos elementos que tienen cierta correlación que existe entre las historias. Esta correlación o paralelismo no es estructural, es psicológica. Hay una reiteración o recurrencia en algunas palabras claves que podrían desembocar en temas que le dan unidad temática al conjunto de cuentos. También estos elementos le dan una pluralidad, una hibridación a los relatos, pero que están tejidos de alguna forma logrando una correlación. Estos elementos son metafóricos y son, a la vez, un co-relato. El libro de Cheri Lewis es un gran relato implícito a nuestra manera de ver.

Tres de estas palabras clave o códigos existenciales tácitos son: la familia y el sexo y lo absurdo. El sentido de lo familiar es una experiencia que alcanza a otros sujetos, como los amigos y la servidumbre, por ejemplo. Lo familiar, la familia, como institución en crisis, la familia como fundamento para el orden moral puede que en los cuentos de Abrir las manos cobren un sentido, no nuevo, sino cuestionador: la familia como apoteosis en una sociedad donde las relaciones de poder han mermado lo positivo en una sociedad asalariada e hipercapitalista. En los cuentos de Abrir las manos lo familiar va más allá del linaje y lo parentesco. El abrazo de una nana o la solidaridad de un amigo representan el aislamiento de la familia y muchas veces la incomprensión de los parientes.

El concepto de sexualidad también tiene un sentido en los cuentos de Abrir las manos. Quizá seamos temerarios al afirmar que son interesantes historias donde el sexo asume una conducta coloquial: los personajes tienen relaciones sexuales que comunican tensiones y preocupaciones. Aquí las relaciones sexuales, las atracciones sexuales, los instintos sexuales, las pasiones sexuales, las intenciones sexuales van más allá de las distinciones entre géneros. Tanto hombre como mujer aparecen como sujetos víctimas de las discriminaciones sociales. Ambos géneros encuentran la resolución de sus conflictos, ya para bien, ya para mal, en la posibilidad del sexo como alternativa. El sexo y la violencia están en algunos cuentos bien marcados como componente de psicológicos, culturales y sociales. Los actos sexuales en los cuentos no son gratuitos. La autora, sin pudor, o, como decimos los panameños, sin pepitas o pelos en la lengua (en la pluma en el caso de la creación), nos plantea situaciones existenciales donde el género es irrelevante, lo que acaece es lo importante y cómo ese acaecimiento afecta a los personajes.

Mientras tanto lo absurdo en los cuentos, en unos más que otros, es una forma de confrontar la realidad. Lo absurdo aparece como una forma de leer y hablar de la sociedad y sus problemas. Sirve a la autora para criticar las negligencias de las instituciones y los abusos de los poderes. Las primeras lecturas de sus cuentos nos recordaron a la escritora salvadoreña Claudia Hernández que colocaba a sus personajes en situaciones límites donde lo absurdo es una denuncia a los absurdos mismos de la realidad cotidiana.

El libro inicia con el cuento Mujer hecha pedazos. La historia de Marta, una muchacha que literalmente se hace pedazos. Conoce a Eduardo en una fiesta y entablan una amistad: “No vi en ella nada fuera de lo común hasta que se le cayó el brazo”, dice el narrador. El cuento tiene una humanidad que nos conmueve y una ironía extrema que logra retratar la fragilidad de las personas.

Abrir las manos es el cuento que le da título al libro. Una familia compuesta por tres personas empieza a ser invadida de pronto por la llegada de unos bebés de forma misteriosa. Aquí lo absurdo también es vital. La tensión del relato va aumentado en la medida en que van llegando más bebés hasta que son cientos de ellos. Los familiares deciden no volver a aceptar a nadie en la casa. La casa se convierte así en un espacio cerrado a las amenazas del mundo.

La muralla es una pieza donde vamos a encontrar una vez más las relaciones entre hermanos. Hay una especie de intertexto en el cuento: una obra de teatro que de alguna forma tiene conexión con los personajes que ven la obra. En la obra de teatro dos hermanas simbolizan el miedo de morir y el miedo a vivir. Mientras dos hermanas entre el público parecen simbolizar también la vida y la muerte. De alguna forma la historia en la obra de teatro es más interesante que la historia de los personajes que el narrador nos cuenta, pero de pronto la acción se traslada a la sala del teatro. El desenlace es trágico, pero logra liberar al personaje.

“Cada vez que Mariana cogía con un hombre, lloraba”. Con esta oración empieza la acción de Lágrimas. Es un cuento donde el sexo aparece como un elemento transgresor. Las relaciones se tornan patéticas e imposibles. No hay salvación ni posibilidad para los personajes. “Por eso sufría. Porque era imposible que un hombre se cogiera a Mariana sin enamorarse de ella, al igual que era imposible para Mariana acostarse con un hombre sin desenamorarse de él”, dice el narrador. Mariana y Emilio no tienen salvación, están condenados y atrapados por una fuerza que es incomprensible.

Intermitencias de las vicisitudes y Episodio de la cantina en dos actos. En ambos cuentos aparecen personajes similares, aunque estereotipados, pero que son utilizados con éxito para explorar la condición humana. El sexo aparece como una forma de encuentro con lo mágico y lo extraño. 

Finalmente tenemos Cosas que suceden en la fila del Seguro Social. Es un cuento de corte psicológico o al menos eso nos quiere hacer creer la autora. Nuevamente las relaciones filiales se dejan ver. Julieta debe ir a la Caja de Seguro Social a buscar unas medicinas para su madre que sufre de asma. Estando en la fila la llaman por su nombre completo y es cuando empiezan las peripecias del personaje. Luego de confrontar a distintos personajes con el perfil clásico de los funcionarios amargados y que no saben nada, es conducida por pasillos y salas hasta llegar a un consultorio donde, aparentemente, el lector descubrirá que ella es una paciente psiquiátrica. Pero el cuento tiene un final ambiguo, nunca sabremos, a ciencia cierta si Julieta está loca o en realidad cayó por error en otra trampa de la negligencia institucional.

Creemos que Cheri Lewis ha empezado con pie derecho con este libro de cuentos. El conjunto de doce cuentos es material para muchos otros estudios; por ejemplo la relación del tiempo en el libro, el cuerpo como política, los olores que pueden ser otra metáfora en los cuentos, las emociones en los personajes, la identidad y la otredad que también se expresan aquí. Pensamos que los elementos más relevantes en estos cuentos: el sexo, lo absurdo y las relaciones familiares son una forma de co-relatos que se correlacionan en los textos de manera casi paralela. Hay una reincidencia en algunos temas que son manejados de forma distinta y a propósito. En Abrir las manos de Cheri Lewis G. no hay pudor para hablar de la realidad y poner así a los personajes a confrontar su destino desde lo absurdo y lo insólito. Pese a la furia del lenguaje y la violencia de sus escenas sexuales en libro es fresco, y, sobre todo, deja al descubierto la fragilidad de lo humano.

Fátima R. Nogueira – The University of Memphis

Humor e ironía son los trazos que se destacan en los relatos de Abrir las manos de Cheri Lewis, resaltando una de las características del arte de nuestro tiempo. Me refiero aquí a la propuesta de Susan Sontag que sitúa la ironía y humor como contrapeso de un arte cuyo eje “gravita sistemáticamente hacia inflexiones más desgarradoras de la conciencia” y que además se la pone constantemente a prueba (Estilos radicales 42). La ironía de los cuentos de Lewis cuestiona las futilidades de la clase dominante como es el caso de “Mujer hecha pedazos”, realzando también su sentido de moralidad en “Testamento”. Algunas veces sus cuentos derivan hacia el humor negro como se advierte en “El delantal rojo” y “Cosas que suceden en la fila del Seguro Social”. Otras, se aproximan al absurdo como ilustra el cuento que titula el volumen, donde los bebés proliferan, invadiendo una casa y terminando por llevar consigo a la hermana del narrador. Estos bebés se parecen a infantes normales excepto por el hecho de no llorar, ni reír, ni romper o desordenar las cosas ya que, como nos explica la voz narrativa, “sólo gateaban y gateaban, como buscando algo” (Abrir las manos 9). El cuento en cuestión es en mi opinión uno de los relatos más logrados artísticamente en la obra de la joven cuentista panameña. Este texto no sólo revela la inconmensurable fisura abierta entre el individuo y la realidad circundante sino que también sugiere un movimiento aplastante donde solamente el individuo exhausto — como nota Deleuze en relación al teatro de Beckett—“puede agotar lo posible porque ha renunciado a toda necesidad, preferencia, finalidad o significado” (Sobre o teatro 71). Otros relatos de Lewis adquieren un carácter más bien filosófico como “Despedida” y “La muralla” o revelan un impresionante lirismo como “Salir a flote”, cuento que ofrece entre otras posibilidades, una exégesis del proceso de madurez de una niña, obligada a abandonar sus ilusiones más queridas y confrontarse a la realidad. El relato “Sangría”, a su vez, incursiona en lo fantástico, retratando fenómenos aparentemente inexplicables que exponen un sistema social regido por el absurdo. El cuento en cuestión trata de un mundo vetusto y tirano donde el peso del pasado influye en el presente y sofoca cualquier intento de vida en un espacio cerrado y oprimido. Otro tema explorado por Lewis es la duplicación del ser en el momento de la muerte. Este es el caso de “Despedida”, donde se narra los últimos momentos de un hombre obsesionado por su trabajo y su desdoblamiento después de la muerte para visitar a las personas que amaba y a quienes mientras vivía no había encontrado tiempo de demostrar sus sentimientos.

La celebración de la vida en la inmanencia es una de las direcciones más visibles de la obra de Lewis, representada en el relato La muralla en el cual la vida deviene teatro no sólo por explorar el tema calderoniano del gran teatro del mundo sino que principalmente al conferir al teatro un poder revelador que refleja la verdad de la vida. Se alcanza tal objetivo por medio de una serie de dobles que se acoplan al del teatro/vida, entre los cuales se destaca el de las dos hermanas que aparecen en la platea, connotando así una relación de poder conminatorio de una de ellas sobre la otra. Brecht usa precisamente el símbolo del muro, es decir, el derrumbe de una cuarta pared imaginaria en el teatro para implementar lo que nombró como efecto A que es la técnica del distanciamiento o alienación cuyo objetivo consiste en revelar las condiciones de la vida humana al espectador, quien reconoce su realidad con estupefacción. Para el dramaturgo alemán no se trata de provocar la catarsis o la empatía con los personajes sino de activar en su lugar una percepción crítica de la realidad observada simultáneamente por los actores y los espectadores ya que derrumbada la pared imaginaria y protectora que esconde el público, el artista adquiere la conciencia de saberse observado al mismo tiempo que observa su interpretación (Brecht on Theatre 92-94).

Vemos así que al recurrir a la simbología de la muralla, Lewis desplaza su texto hacia la frontera entre la realidad y la ficción creando un modelo cuya funcionalidad consiste en modificar el texto como si utilizara un procedimiento de collage, a la manera que el dadaísmo ejecutó en la pintura. De esta manera la escritora duplica su texto recurriendo a otros medios de expresión que engloban no sólo el teatro y la música sino que también instrumentos más antiguos como los cuentos de hada ya que la historia de las dos hermanas que dobla la pieza de teatro evoca relatos infantiles como La bella y la bestia. En el acoplamiento de varios materiales que plasman el cuento en cuestión, el símbolo de la muralla correspondería al gran muro de las convenciones y conveniencias detrás del cual todos nos escondemos, y traspasarlo lleva necesariamente a confrontar de manera brechtiana la realidad para tomar una posición y desempeñar el papel que nos corresponde en la vida ya que como afirma Lewis “[todos entienden] que quedarse donde están es la muerte y que al otro lado está la vida y saben que la muerte no les llegará enseguida ni la vida les durará para siempre” (24).

Este breve examen de las directrices del libro de Lewis nos permite afirmar la riqueza de perspectivas lograda en su narrativa, exponiendo definitivamente la creación de lo nuevo o de lo singular—rol fundamental de la literatura—para hacer pensar críticamente la realidad que nos circunda.  

Notas en torno a las nuevas cuentistas de Panamá: 2010-2014
Jorge Ávalos – Escritor.

Hay cuentos que son tan efectivos y precisos como una flecha. Dan en el blanco. Mientras vemos la flecha en el aire creemos que el cuento es la trayectoria de la flecha, hasta que nos percatamos de que la flecha está dirigida hacia nosotros. El blanco es el lector. Nos convertimos en el blanco porque nuestra subjetividad como lector es astutamente encauzada para hacernos sensibles a una crítica mordaz.

Este es el arte del cuento: con el pretexto de contarnos una historia, eleva y encauza nuestra sensibilidad en un viaje que pone de cabeza nuestras expectativas, nuestros prejuicios o nuestras creencias. La sorpresa puede ser uno de los tantos puntos de llegada de un cuento, pero también lo pueden ser el asombro, el horror, la revelación o la melancolía.

El cuento “Lágrimas” de Cheri Lewis es sobre una cuestión que parece difícil de tratar de forma efectiva en una narración muy breve: la dialéctica de la relación sexual entre una pareja. Este es el tema del cuento, y me cuesta creerlo mientras lo digo, pero sí, hay un salvaje gozo intelectual en descubrir en este cuento una observación tan aguda sobre la dinámica de la política sexual en las relaciones contemporáneas. En este caso, cuando digo “política sexual”, me refiero a la tensión provocada por la relación desigual que se configura a partir de la rendición del ser al deseo, y de cómo esa rendición le concede un enorme poder al otro: al objeto del deseo. Descubrimos aquí las eternas dicotomías entre el amor y el sexo, entre el compromiso y el encuentro casual, y entre las necesidades emocionales opuestas de las dos partes de una pareja. Es un tema que se presta para los clichés y los estereotipos, las banalidades y las venganzas. Cheri se libra de estas trampas por la manera en que aborda el punto crítico del desencuentro de una pareja, saltando directamente sobre su yugular, tal y como lo hace desde la primera línea del cuento:

 

«Cada vez que Mariana cogía con un hombre, lloraba. Y aquello era una calamidad, porque a Mariana no le gustaba llorar, pero le encantaba coger. Por eso sufría. Porque era imposible que un hombre se cogiera a Mariana sin enamorarse de ella, al igual que era imposible para Mariana acostarse con un hombre sin desenamorarse de él. Solo tenía que hacer el amor para que el mismo se le escurriera de las manos, del pecho. Nunca más los volvía a querer, y ellos no volvían a querer a nadie más que a ella.»

 

Una mujer y un hombre en estas circunstancias sólo pueden existir como en la relación imposible entre el día y la noche, cuyas luces y sombras sólo pueden encontrarse momentáneamente en esos fugaces instantes del alba y del ocaso.

El primer aspecto del cuento que llama la atención del lector es el uso de la palabra “coger”, con su significado coloquial. Coger es el acto sexual. Un tópico común en las letras sería decir que la autora escribe con “desenfado” al elegir esta palabra sobre otras. Eso nos lleva a una interpretación acrítica, quizás ingenua, de “Lágrimas”, porque implicaría confundir a la autora del cuento, Cheri Lewis, con el narrador, que no es lo mismo. Quiero afirmar aquí que Cheri llega a su primer libro, Abrir las manos (2013), con suficiente madurez literaria como para construir voces narrativas autónomas para cada cuento. No neguemos ese logro. En “Lágrimas”, Cheri utiliza la tercera persona del verbo para construir y establecer el punto de vista, pero le atribuye cierta subjetividad a esa voz al asumir los giros de lenguaje de sus personajes, lo cual focaliza aún más al narrador ubicándolo en un determinado plano social.

Ya notamos que ella designa el punto de vista más objetivo posible para su cuento, el de la tercera persona del verbo, y que, sin embargo, ella matiza esa voz narrativa con una pizca de subjetividad al introducir el uso de la palabra “coger”. Un procedimiento muy puntual, pero clave para este cuento. Un efecto del uso de este coloquialismo es que el lector comprende de inmediato que esa voz narrativa le pertenece a una persona que está en el mismo plano social, que incluso pertenece al mismo ámbito social, que los personajes. Estamos, entonces, ante la creación de un personaje muy sutil tejido en esa voz narrativa, la cual a su vez comienza a crear a otro personaje, también muy sutil, que es lo que llamamos el narratario. El narratario, para decirlo de una manera comprensible para todos, es la máscara virtual del lector del cuento, a quien llamamos también el receptor. Pero receptor es un término lingüístico que nos habla del proceso de comunicación del cuento. Narratario, en cambio, es un término literario que nos recuerda que leer un cuento es un juego: puesto que al hacerlo, aunque sabemos que es una ficción, admitimos ese universo imaginario como una extensión virtual de nuestra realidad, es decir, es un teatro para nuestra conciencia.

La prosa objetiva, limpia, económica y directa de Cheri, en este cuento, invoca a ese otro personaje sutil, en un papel que asume el lector gracias a ese vínculo de complicidad establecido por un lenguaje común al narrador y al narratario:

 

«Emilio era diferente. Le había asegurado que no se había enamorado jamás. A lo mejor existían los hombres así, que no se enamoran nunca, tal como existen mujeres como ella, que se desenamoran siempre. Después de mucho pensarlo, o de no pensarlo más, agarró una botella de vino y se fue a casa de Emilio […] El sexo fue sucio y salvaje, como les gustaba a los dos. Se revolcaron en la alfombra. Contra la pared. Sobre la mesa del comedor. Culminaron en la cama. El idilio duró horas y los dejó exhaustos, extenuados, mordidos, resquebrajados.»

 

Este narrador, que sin ser completamente omnisciente conoce muy bien a sus personajes, no me habla de sexualidad, no me habla de sicología, me habla de coger. El narrador establece una dinámica que nos dice: Hablemos de lo que significa no poder coger en nuestra sociedad sin tener uno que involucrarse en una relación o sin tener que adquirir un compromiso de pareja. Este es el punto de partida del cuento “Lágrimas”.

El humor del cuento emana, al principio, de este plano comunicacional, pero el humor que gradualmente domina la narración hasta el final proviene de una fuente muy distinta, de un desvelamiento de los patrones de conducta de dos amigos que temen recaer en lo que más temen: una relación de pareja. Quien cree que un final predecible es una falla, no ha leído este cuento de Cheri. La sorpresa al final no es de orden narrativo sino emocional. Como ante un juego entre dos competidores, Cheri convence al lector de que Mariana tiene una fuerte posibilidad de salir victoriosa, de que no recaerá en el vicio peligroso de coger con un amigo y llorar porque el otro se enamora de ella inútilmente. Lo divertido es que el ser humano en sí es tan predecible, que con toda probabilidad tiende a seguir un patrón de conducta y recae en los mismos errores de siempre. La sorpresa de este cuento es la realización inevitable de un acto predecible.

Fernando Burgos (Profesor de Literatura, Universidad de Memphis, Tennessee)

Abrir las manos (2013) de Cheri Lewis es una colección de cuentos que ofrece una gran diversidad temática vertebrada a través de una narratividad conectada a lo insólito. Esta experiencia de lo extraño se vincula tanto a la dimensión de lo fantástico como a la de lo supernatural, y también a la de lo real. Junto a las múltiples variables que crea esta dinámica narrativa, los cuentos de Abrir las manos buscan asimismo encontrar la instancia de una relevación en el curso de su escritura en lugar de contar con un plan narrativo pendiente de los detalles de su realización final. El cuento “Mujer hecha pedazos” parece ofrecer una explicación al hecho de que una mujer pierda un brazo: “Ay, Eduardo, he perdido las llaves, el pasaporte, la cartera, ya perdí el amor de mi vida, cómo no se me iba a perder también un brazo” (Abrir las manos 4). Sin embargo, más que un razonamiento se trata de una salida humorística a través de la cual el eje de lo insólito permanece flotando en la atmósfera del texto. De este modo debemos volver al cuento para encontrarnos con los términos artísticos de su plasmación epifánica de la que surge una serie de retratos sobre la fragmentación del cuerpo de la mujer.

Esta cuestión abre a su vez dos inscripciones artísticas. En la primera vemos el fallido rescate que Orfeo intenta de su esposa Eurídice del mundo de las tinieblas para quedarse en sus manos solo la evanescencia de ella en el momento que se torna a mirarla antes de llegar a la superficie de lo real. En la desesperación de su fracaso y en el haber infringido el consejo de no mirar a su esposa sino hasta llegar a la dimensión del mundo visible parece ya haberse anunciado el desmembramiento de Orfeo en medio del frenesí de las Ménades. En ambas ocasiones el castigo es activado por una desobediencia. La lira de Orfeo parece no tener lugar en un mundo regimentado. El desmembramiento adviene porque se rechaza.

El segundo estamento literario proviene de Antonin Artaud, es decir, el concepto artístico de cuerpo sin órganos, lo cual para el escritor francés significaba la libertad ya que el cuerpo sin órganos se liberaba de sus reacciones automáticas, pudiendo alcanzar así su poder creativo. Aspecto sobre el cual Deleuze y Guattari construyen la diferencia entre órgano y organismo, y la noción de que el cuerpo sin órganos lo que rechaza es la organización y por tanto el poder, todo tipo de supremacías, especialmente el poder fascista que se ejerce sobre el cuerpo. En su concepto, el cuerpo sin órganos es así el estado embrionario del óvulo, el sustrato de ser y por ello precisamente es que el cuerpo sin órganos es sólo posible como devenir, nunca como realización final. Es rechazo y resistencia a los órganos-máquinas como sostienen Deleuze y Guattari.

En el cuento de Lewis un cuerpo que pierde sus órganos libremente así como un brazo que se le desencaja a una mujer en cualquier lugar y sin justificaciones de enfermedad ni de anomalía alguna produce una reacción social e institucional de susto, alarma, disgusto, e incluso de percibírsele como aberración humana. En este punto se abre la proclama de una sociedad absurda: “’Se asustan porque a uno de le caiga una mano o un pie, pero les parece completamente normal abrirse las tetas y meterse dos bolsas gigantes de silicona. Es más, hasta lo pregonan con orgullo por ahí’” (Abrir la manos 3). En lo insólito y lo absurdo se desenvuelve el poder creativo, y por lo tanto el crítico: el invasivo poder de abrir un cuerpo, remover tejidos e implantar órganos artificiales no es una anomalía desde el momento en que se haya establecido su institucionalización hegemónica y añadido a ello un estándar artificial de belleza y hasta de éxito social.

Sin embargo, para la auto-atribución de superioridad de esa organización social, el cuerpo de una mujer que pierde sus órganos para devenir un estado de ovulación en el que se hayan desprendido todos los automatismos sociales, toca en lo monstruoso. El tono humorístico que se deja ver hacia el final del cuento revela que los significantes del texto giran en torno al desarrollo de una sátira mediante la cual Lewis remueve calcificadas nociones socioculturales y especialmente los totalitarismos sociales. No me refiero sólo a lo político sino al control del cuerpo, a los numerosos y absurdos dictados a que se le somete sin que medien cuestionamientos. El cuerpo responde tanto a una idea de su aprovechamiento mercantil como a la formación de ideales, formatos, armonías, y perfecciones que solo pueden haber sido logradas por su abuso fascista. “Mujer hecha pedazos” es un texto político, es decir, la realización de un encuentro entre arte y su compromiso cívico.

Los significantes de cada uno de los cuentos de Lewis se diseminan así en tomas, secuencias, escenas o cuadros en lugar de hallárseles en la conclusión de la historia. Y aunque me he referido a una terminología cinematográfica, los textos de Lewis parecen estar más cerca del lenguaje pictórico que el del cine. El cuento “Sangría” ilustra esta idea de realizar un cuadro que escoge un motivo determinado, abandonando por entero la praxis narrativa de resolución. Los elementos de la pintura atañen principalmente a los de la narrativa gótica que van desde el siglo dieciocho hasta el diecinueve. Una niña que ha roto la prohibición de sus padres de acercarse a una casita situada en el jardín del hogar desencadena el surgimiento de lo supernatural con la enfermedad de la joven y la inmersión en un universo alucinante en el que se mezcla la fiebre de la paciente con la aparición de un ser híbrido entre hombre y vampiro que succiona la sangre de la niña luego de haberse aplicado el antiguo procedimiento médico de extraer sangre con fines curativos cuya práctica milenaria se extendió hasta el siglo diecinueve.

Mientras en el primer piso de la casa comienza la fiesta del cumpleaños de la hermana, en el de arriba se ofrece la pintura de una joven que ha sido amarrada a la cama y con el padre encima de ella inmovilizándola en el momento que se realiza el acto de la sangría, un poderoso significante del cuento que permite la ramificación de elementos sugerentes: el ambiente gótico del horror, el vampirismo, las alusiones libidinosas del vampiro y la ciencia, el despertar de la adolescencia, el arribo de la menstruación, la iniciación sexual. La fascinación del cuento así como en los mejores logros del arte del romanticismo consiste precisamente en lo que el romanticismo fue: un encuentro con las esencias encantatorias de los universos humanos para los cuales el invasivo desarrollo del racionalismo fracasaba.

Abrir las manos es una obra llena de sorpresas. Un libro que nos sumerge en corrientes subterráneas navegadas con imaginativos universos. Ese descenso profundo en la imaginación conlleva un enriquecimiento de nuestros contextos sociales y de nuestra vida síquica. Lewis lee en su interioridad la de todos nosotros, la de lectores que buscan en el arte no tanto respuestas sino sensaciones que nos hagan sentirnos seres íntegros con todas su redes de complejidades, indecisiones y preguntas.