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El bosque siempre verde es un ecosistema denso, tupido, diverso, lleno de vida. El lugar perfecto para explorar el universo de una ardilla. Entrevistas, columnas, fotografías y artículos varios publicados en diferentes temporadas dentro de un mismo hábitat.

Fotografía por Stuart Hooper

Tal como revela su título, Puente Levadizo es una antología de veinticuatro cuentos, divididos en doce de autores panameños y doce de autores españoles. Este puente, tendido sobre el Océano Atlántico, ofrece una muestra rica y diversa de escritores de ambos continentes dentro de una amplia brecha generacional, lo que enriquece grandemente la obra y acentúa el intercambio cultural que propone.

La recopilación de los textos panameños estuvo a cargo de Enrique Jaramillo Levi y está compuesta por los escritores: Justo Arroyo (1936), Pedro Rivera (1939), Moravia Ochoa López (1939), Dimas Lidio Pitty (1941), Enrique Jaramillo Levi (1944), Consuelo Tomás Fitzgerald (1957), Dimitrios Gianareas (1967), Isabel Burgos (1970), Carlos Oriel Wynter Melo (1971), Melanie Taylor Herrera (1972), Pedro Crenes Castro (1972) y Roberto Pérez Franco (1976).

Del otro lado del océano, Pedro Crenes Castro se encargó del trabajo de los autores españoles: José María Merino (1941), Juan Pedro Aparicio (1941), Cristina Fernández Cubas (1945), Ángel Olgoso (1961), Hipólito G. Navarro (1961), Javier Sáez de Ibarra (1961), Ángel Zapata (1961), Eloy Tizón (1964), Juan Carlos Márquez (1967), Pilar Adón (1971), Patricia Esteban Erlés (1972) y Marina Perezagua (1978).

La temática en Puente Levadizo es muy variada, tanto en los autores dentro su propio territorio como a nivel global. Al no existir un tema o estilo en común, se puede disfrutar con mayor libertad de la individualidad de cada uno de los textos. El libro empieza en un continente y a medida que se avanza hacia el otro, podría decirse que más que pasos, se dan brincos, y es con esa grata sensación de ir saltando a través de pequeños universos, que se recorre la obra.

De los cuentos panameños, amplío dos de mis favoritos: El jardín de Urbano de Justo Arroyo y Con forma de varón de Moravia Ochoa.

El jardín de Urbano, cuento que abre la colección, narra el estrecho vínculo que crea un niño de diez años con su primo Urbano, un sepulturero obsesionado con perfeccionar fosas «al nivel». Y es esa necesidad de alcanzar la perfecta simetría para depositar un ataúd lo que lo empuja a un desequilibrio emocional que se desata con el entierro de su madre. Urbano se aparta de los vivos para entenderse con los muertos. Su primo, en un desesperado intento por regresarlo a la realidad, queda involucrado en un acto siniestro que sellará el destino y la vida de ambos. Este cuento, enmarcado en velorios y despedidas, es un homenaje a la muerte, que se dibuja no como lo opuesto a la vida, sino literalmente, como un florecimiento.

Con forma de varón describe la historia de una mujer de la ciudad que decide mudarse al campo para «vivir como la campesina que llevaba en el alma». La mujer se establece en la casa que pertenecía a su padre, un lugar lleno de recuerdos de familiares, amigos y amores que han desaparecido de su vida. Pero esa paz y serenidad que tanto anhela se ve perturbada con la aparición de un hombre misterioso, que para algunos lugareños es la personificación exacta del demonio. Este hombre, en el papel de lobo vestido de oveja, encarna todo aquello que la mujer teme y, en el fondo, desea. La prosa sutil, elegante y sensual de Moravia Ochoa introduce al lector en el interior de esta mujer que es joven, es adulta y también es una anciana. Una mujer sin edad que refleja a todas las mujeres, y cuyos temores, dudas y remordimientos se conjugan en un ser que la seduce, que más que hombre es diablo, y que más que condenarla, la libera.

De los autores españoles, profundizo en dos cuentos fabulosos: El valor de Ángel Zapata y Criptonita de Patricia Esteban Erlés.

El valor comienza ubicando al lector en un islote en Oceanía cuyos únicos habitantes son dos náufragos: Dámaso, un viejo marino de piel curtida y larga barba, que ha permanecido en la isla demasiado tiempo, y Roque, un ingeniero de mediana edad, que lleva en el islote solo tres meses. El viejo y el hombre establecen una relación de padre e hijo, donde a veces no se sabe bien quién es el padre ni quién es el hijo. Para estos hombres, despojados de todo cuanto tenían y de lo que una vez fueron, el pasado es demasiado doloroso, el presente parece inacabable y el futuro se presenta aún más desalentador. «Hay que tener valor antes que nada. Tener valor es lo primero», menciona Dámaso. Y así, a través de los diálogos entre ambos personajes, ambientados en esa isla lejana donde el mar recoge letras rojas que se apilan en la orilla, el cuento descubre la profundidad de la naturaleza humana en situaciones de desolación y su capacidad de sobrevivir a la desesperanza y al desconsuelo, aún cuando toda ilusión parezca ya perdida.

Criptonita relata la historia de una mujer que compra una pedazo de criptonita por internet. La roca es supuestamente extraída de un yacimiento serbio por dos geólogos estadounidenses, quienes aseguran su autenticidad e inocuidad. La soledad en la que vive esta mujer, cuya única compañía es su gato Carygrant, se hace más llevadera gracias a la satisfacción que le produce ser dueña de este fragmento de piedra, en teoría proveniente de Kripton. Guardada cautelosamente en el cajón de sus bragas, la criptonita es su pequeño tesoro oculto del resto del mundo. Un secreto que no pretende revelar a nadie, así como Clark Kent escondía su otra identidad. La mujer aparenta tener una vida feliz con su criptonita y su gato hasta que aparece Grandísimo Hijo de Puta, un hombre que a medida que se desarrolla la historia, nos descubre las razones por las cuales se hace meritorio de tan despreciable apelativo. Criptonita es una historia que gira en torno a la confianza, esa que con facilidad somos capaces de depositar en extraños que aparecen en internet como en la pareja que duerme a nuestro lado. El cuento sugiere además, que la vida es un riesgo donde, al igual que Superman, exponernos a nuestras debilidades pocas veces nos libra de salir ilesos.

Puente Levadizo reúne veinticuatro narraciones cuidadosamente seleccionadas y, con ello, ofrece una muy buena muestra del talento en las letras de ambos países, que aunque estén ubicadas en dos extremos de la geografía mundial, siguen estando unidas por el lazo cultural que identifica a las obras latinoamericanas.

Portada Puente Levadizo

BLANK – JUNIO / JULIO 2014

Hace algunas semanas atrás, un sábado en la mañana, me despertaron catorce llamadas perdidas del vecino de mi abuelita, que vive en el interior, para decirme que se había puesto muy mal y se la habían llevado al hospital. Luego de arreglar los principales asuntos pendientes en mi casa, salí de la ciudad rumbo al interior. El trayecto empezó mal, con un tráfico espantoso en la salida del Puente de las Américas que me atrasó casi una hora. A la altura de Coronado comenzó una pertinaz lluvia que no cesaría hasta llegar a mi destino. Durante el camino, mis tías me llamaban constantemente para preguntarme cómo iba, que por dónde iba y, sobre todo, que por qué iba sola. Para la mayoría de mis familiares, que una mujer maneje sola hacia el interior es el equivalente a llevar el anillo de Saurón a Mordor. A mí me parece más peligroso manejar diariamente en la ciudad, la gente conduce aún peor y va con menos cuidado, pero entiendo que es peligroso. Debo confesar que hubo una parte del camino en la que llovía tan fuerte y estaba tan oscuro que pensé que si el carro se me paraba en ese lugar, no sabría si tenerle más miedo a la aparición de un hombre, un animal o una cosa; el escenario era tan macabro que cualquiera de las tres opciones me parecían completamente válidas. Afortunadamente, no tuve ningún inconveniente, pero debido al tráfico y la lluvia, llegué al hospital casi a las diez de la noche, sin haber hecho ninguna parada en todo el camino.

Mi abuelita estaba internada en un hospital público. Luego de caminar por un largo y oscuro corredor, impregnado de aquel característico olor a alcohol, encontré a mi abuelita acostada en una cama de la última sala. La sala contaba con seis camas, de las que estaban ocupadas cuatro. Junto a cada cama había un único taburete para las visitas. Mi abuelita era la única paciente que estaba sola, había estado acompañada durante el día, pero a esa hora ya se habían retirado el resto de los familiares. Durante el camino había pensado que lo más probable era que tuviera que dormir en el hospital, pero con tantas cosas en mi cabeza, no me había preparado psicológicamente para lo que me esperaba. Estaba cansada, agobiada, no había comido nada desde el almuerzo y a esa hora iba a ser muy difícil comer algo. Frente a mi abuelita había una señora mayor muy enferma, su nieta la estaba cuidando y sacó de su maletín un paquete con varias galletas de sal. Me acerqué a ella y le pregunté si podría venderme una, le conté que no había comido en todo el camino y que esa sería mi cena. La señora se apiadó de mí y me regaló un paquetito de galletas y un jugo. Gracias a la generosidad de aquella mujer pude reducir un poco la fatiga. A los pocos minutos apagaron las luces y cada quien se acomodó en su silla lo mejor que pudo. Tengo que reconocer que dormir en el taburete de un hospital es de las cosas más difíciles que me ha tocado hacer en la vida. En realidad uno no duerme, es más bien un estado intermedio. A esa hora el tiempo corre más lento, el aire se siente más frío y cualquier incomodidad que uno pueda tener se magnifica. Caminé hacia la sala de estar y encontré un grupo de sillas desocupadas. Le pregunté a la enfermera si podía acostarme en ellas y accedió. Al menos pude estar en posición horizontal por un rato, pero las divisiones entre una silla y otra se me incrustaban en la espalda. De vez en cuando me levantaba para ver a mi abuelita y regresaba. Justo me estaba quedando dormida cuando a las 4:30 a.m. prendieron todas las luces y una enfermera dijo en voz alta: ¡Hora del baño! Sí, mandan a bañar a los pacientes a esa hora. Ya no había forma de dormir otra vez. A esa hora empieza el día en el hospital público. Creo que por el simple hecho de estar ahí, se crea una especie de complicidad entre enfermos y familiares. Hay que ser muy duro para compartir un cuarto con otras personas y no preguntar sobre su condición. Me tocó ver cosas muy fuertes, personas cuya vida pendía casi de un hilo, familiares que no dejaron solos a sus seres queridos ni por un solo minuto y otros que, prácticamente, se olvidaron de los suyos. Estuve en el hospital con mi abuelita dos días, y como aún no le daban salida, me tuve que regresar a la ciudad. Sin embargo, no todo fue malo. Mi papá se ofreció a acompañarme de regreso a Panamá y estuvimos conversando todo el camino de vuelta. Aquella ha sido la conversación más larga y amena que he tenido con mi padre en toda mi vida y eso me alegró mucho.

Afortunadamente, a mi abuelita le dieron de alta y, aunque sigue delicada, está mejor de salud. Haber vivido esa experiencia me convirtió en otra persona, creo que en dos días aprendí más sobre humanidad que en años. Las mujeres que conocí en esa sala, médicos, enfermeras, familiares que estuvieron al pendiente, las conversaciones que tuve con todas y cada una de ellas me marcaron profundamente. Una vez dije que es bonito cuando nos une la amistad, es maravilloso cuando nos une el amor, pero es extraordinario cuando nos unen las desdichas. Y en ese viaje, lo pude comprobar.

BLANK – ABRIL / MAYO 2014

Nunca olvidaré la primera película de terror que vi. Era sobre unos zombis que se comían a un pueblo entero. Fui con mi hermana y unas amigas a lo que, en esa época, era el Teatro Fénix en Chitré y salí completamente traumatizada. Sobre todo porque vivía a una cuadra del cementerio, y como me decía mi hermana: «si se despiertan esos zombis, a nosotras nos comen de primero». Luego de un infructuoso intento de convencer a nuestros padres de mudarnos de casa, el asunto de los zombis pasó a segundo plano y no hizo otra cosa que fomentar en nosotras el deseo de ver más películas de terror. Así conocí a los monstruos clásicos del cine: el Conde Drácula, el hombre lobo; a los modernos: Jason Voorhees de Viernes 13, Freddy Krueger, y muchos más.

Sin embargo, a medida que uno va creciendo, los monstruos de las películas van siendo reemplazados, en cierta manera, por los monstruos de la vida real: el miedo a los ladrones, a quedarse sin trabajo, a perder a los seres queridos. Y es así como vamos creando en nuestra mente, todo un abanico de inseguridades.

Yo, en este momento, estoy muerta de miedo. Le temo a un monstruo que es más real que cualquier otro y contra el cual me siento indefensa. Le temo a un insecto. Un insecto que no mide más de una pulgada y que me tiene completamente paranoica: el mosquito Aedes aegypti, transmisor del virus del dengue. Mi temor es tan grande que ha afectado incluso las actividades que solía hacer a diaro. Yo vivo en San Francisco, y todas las mañanas me iba caminando a hacer ejercicio al Parque Omar. Dejé de hacerlo porque, desafortunadamente, vivo en una de las áreas con uno de los más altos índices de casos registrados. Cuando anunciaron en las noticias que habían encontrado víctimas cuatro calles antes de la mía, me volví loca. Miraba por la ventana y contaba las calles en las que se habían dado los casos y donde seguro andaban revoloteando esos animales. Me moría de la angustia. Llamaba a mis amigas y les decía: «¡Van a venir, van a venir para acá los desgraciados!». Era como esperar el apocalipsis zombi, pero en miniatura. Y en efecto, así fue. A la semana siguiente, publicaron que habían casos tres calles antes, luego dos, y hace algunas semanas, se dio el primer caso en el edificio justo al lado del mío. El miedo que sentía era espantoso porque aunque yo no tenga basura, envases con agua, o cualquier otro tipo de criaderos de mosquitos, ¿quién me garantiza que al salir al carro me no me pique uno? O caminando hacia la lavandería, o en la farmacia. Es realmente frustrante, pues el dengue es una enfermedad muy seria. No existen vacunas, ni medicinas «anti-dengue». Tengo entendido que si te da, solo te mandan remedios para la fiebre o para los síntomas, y ya. Te lo tienes que aguantar hasta que se vaya y, por lo que he leído, dura bastante y te pone muy mal.

Yo me siento impotente y desprotegida en muchos sentidos, porque al menos, si uno le tiene miedo a los tiburones, con no meterse al mar se soluciona. Si le temes a los leones, con estar alejado de los circos, los zoológicos o de África es suficiente. Pero cuando le temes a un mosquito que puede estar en cualquier parte de la ciudad, en la calle, el parque, o incluso dentro de tu propia residencia, no hay mucho que uno pueda hacer.

Yo salgo en mi carro y veo al conserje todo el día afuera de mi edificio, la gente caminando por la calle, trabajando, esperando el metrobús. Todo el mundo haciendo su vida normal, riendo, jugando y yo me pregunto, ¿cómo harán para no preocuparse? Lo he analizado mucho y he elaborado diversas teorías: que no están anuentes del peligro que los acecha; que aunque estén anuentes, no les importa; que quizás sí están anuentes y sí les importa, pero simplemente deciden ignorarlo, y así me voy ¡POR HORAS! Sé que soy una exagerada, alarmista y pesimista. Con todo lo que le he invertido en el tema, probablemente ya hubiera encontrado la solución para la paz mundial, o si supiera de medicina, la cura para el mismísimo dengue.

Sin embargo, al final, luego de mucho debate y quizás como mecanismo de defensa de mi propia mente para no quedar en un manicomio, llegué a la conclusión de que de nada servía seguir atormentándome por algo que se sale de mis manos. Con mosquitos o sin ellos, igual tengo que trabajar todos los días, visitar clientes, hacer compras, asistir a eventos, es decir, hacer todo lo que he hecho todos los días, durante toda mi vida. Solo queda cuidarse lo más que uno puede y esperar que los demás hagan lo mismo.

Poco a poco he vuelto a ir al parque y aunque no he dejado de pensar en el asunto, ya no me preocupo tanto por él. Estoy aprendiendo a aceptar que si no puedo controlar las cosas que no dependen de mí, debo seguir adelante porque tampoco es saludable vivir de esa manera. Se puede tener miedo a muchas cosas: a la oscuridad, a los monstruos, a las deudas, o en mi caso, a ciertos mosquitos. Se puede vivir con esos miedos, pero lo que no podemos hacer es dejar de vivir por culpa de ellos.

 BLANK – DICIEMBRE 2013 / ENERO 2014

A mí nunca me gustó trabajar en equipo. Jamás. Siempre lo odié. Y aunque sé que la teoría sugiere que trabajar en grupo fomenta el entusiasmo y el compañerismo, de acuerdo a mi experiencia, aquello solo ha significado que las tareas que debían realizarse entre cinco personas, las terminan haciendo dos o tres, y entre esas, por supuesto, siempre estaba yo. Mi apatía hacia el trabajo en equipo me ha ocasionado inconvenientes en diversos aspectos de mi vida, principalmente, en mi trabajo, pues me cuesta mucho delegar. Soy de la filosofía de que si quieres que algo quede bien, debes hacerlo tú mismo, y esto ocasiona echar sobre mis hombros un peso extra, que podría ser aliviado diviéndolo entre otras personas.

Pero mi mayor reto en este sentido, se dio el pasado mes de octubre, cuando la empresa en la que trabajo se ofreció a participar en la carrera Relevo por la Vida de Fanlyc. Para quienes no lo conocen, este es un evento que organiza la Fundación de amigos del niño con leucemia y cáncer (Fanlyc) para recaudar fondos para esta institución. Las empresas participantes se comprometen a donar cinco dólares por cada vuelta que se realice en su equipo durante 24 horas consecutivas en un circuito de, aproximadamente, 3 kilómetros. Nuestra empresa decidió participar con escasas semanas de anticipación al evento, por lo que se tuvo que hacer todo con una rapidez extraordinaria. Había que ir a reuniones, conferencias de prensa, planificar el agasajo de la niña que representábamos, y ni hablar de todos los preparativos de carpa, agua y demás suministros para el día de la carrera. El evento dura 24 horas, por lo que pensábamos que lo ideal sería que hubiese alguien en nuestro stand durante todo ese tiempo, pero en mi oficina solo trabajamos siete personas. Cuando tuvimos la reunión de cómo nos repartiríamos el trabajo, empezando el sábado a las siete de la mañana y terminando el domingo a la misma hora nos dimos cuenta de lo que se nos venía encima. Recuerdo muy claro que en ese momento mi socia dijo: «somos un equipo y debemos ayudarnos entre todos, eso nos va a unir más». Entonces caí en cuenta de lo que significaba trabajar en equipo de verdad. Cada uno tenía un horario, cada uno debía cumplir con una obligación y cada uno era responsable de llevar a cabo su trabajo. Si uno no iba o fallaba en su tarea, afectaba directamente a su compañero y por ende al equipo en general. Cabe destacar que por ser un evento social, nadie recibía ninguna remuneración monetaria; de modo que todos los involucrados hacíamos el esfuerzo por voluntad propia. El día que conocimos a la niña de nuestro equipo fue muy especial para todos. Todos le tomamos cariño desde el momento en que entró por la puerta. Apenas tiene cuatro años y ya es toda una sobreviviente de cáncer. Aquello nos dio el empuje que necesitábamos para prepararnos para la carrera, no podíamos quedarle mal a una niña tan dulce y así, finalmente, llegó el día.

Mi compañero que escogió el turno de las siete de la mañana es un muchacho de veintisiete años que vive pegado a la computadora, al celular y a su consola de video juegos. Nunca había participado en algo parecido, jamás en su vida había atendido al público, ni le gusta estar en el sol o interactuar con la gente. Es del tipo de personas que se pone sus audífonos para separarse del mundo y ahora le iba a tocar hacer exactamente lo contrario. Mi turno empezaba a las ocho de la noche, pero yo me fui desde las dos de la tarde porque había pasado toda la mañana preguntándome cómo estarían mis compañeros allá y pensé que de todas formas, en algo podría ayudar. Al llegar al lugar me encontré con que el resto de mis compañeros había hecho exactamente lo mismo. Me sorprendió cómo se desarrolló un fuerte lazo de camaradería entre todos. Mi asistente llegó dos horas antes con toda su familia y se quedaron incluso horas más del tiempo programado. La niña de nuestro equipo llegó con su familia y dieron varias vueltas. Familiares, amistades, gente conocida a través de las redes sociales, muchos llegaron a apoyar y se quedaron ahí, ayudando en la medida que pudieran. Todos estábamos felices, incluso mi compañero de las siete de la mañana mencionó que le había encantado y que el próximo año quería colaborar más. Nos habíamos puesto como meta llegar a las 200 vueltas y al finalizar la carrera completamos casi las 400. De 80 empresas participantes, algunas con más de 2,000 empleados, nosotros con solo siete, quedamos de número 28.

Mi socia tenía razón, haber participado en ese evento nos unió más, como equipo, como empresa y también como personas. Por mi lado aprendí la importancia de trabajar en grupo y de hacer sentir al resto del equipo que su esfuerzo es valorado y que es importante para todos. Lo bien que se siente alcanzar una meta en conjunto supera la sensación de alcanzarla uno mismo. Es bueno saber que uno no está solo, que a veces se necesita de la ayuda de otros y que eso, también está bien.

BLANK – DICIEMBRE 2012 / FEBRERO 2013

Si existe una frase común que siempre me ha llamado la atención es el famoso “no se halla”. Esta expresión, que asumo debe ser del interior, la escuché por primera vez a muy temprana edad, y no creo que entendiera realmente su significado hasta ahora. Recuerdo que mi mamá solía mencionarla cada vez que le tocaba la penosa tarea de buscar una nueva empleada para la casa. Ojalá encontremos una que se halle, decía. En esa época yo vivía en Chitré y como era de esperarse, las aspirantes solían ser muchachas de los más recónditos pueblitos de los alrededores. Yo era apenas una niña, de modo que nunca formé parte de aquel complicado proceso de selección, hasta que un día, de la nada, llegaba a la casa una jovencita de sonrisa tímida, con una pequeña maleta y la mirada extraviada, a la que nos presentaban con delicadeza; no sin antes advertirnos de mil maneras lo importante que era portarnos bien en su presencia, pues el temor a vivir en la constante búsqueda de una empleada solo puede compararse con la muerte.

Este nuevo ser que venía a vivir a nuestra casa, solía despertarme muchísima curiosidad: ¿Quién era esta persona y por qué estaba aquí? ¿De dónde venía? ¿Dónde estaba su familia? Algunas duraron años, otras meses, y algunas, pocos días. Sería imposible recordarlas a todas; sin embargo, nunca olvidaré el rostro afligido de una que otra muchachita, diciendo con lágrimas en los ojos que “no se hallaba”. Y al parecer aquello era una excusa tan válida, que nadie discutía con ellas su partida. Si alegaban que se iban porque era mucho trabajo, se podía negociar con ellas sus labores; si era porque no querían planchar, se lo eliminaban; si era por dinero, se lo aumentaban; pero si era porque no se hallaban, no había nada más que hacer. Era como una sentencia definitiva; luego de eso venía el silencio y la palmada en la espalda típica de quien comprende la pesada carga que se lleva por dentro. A veces pienso en ellas y me pregunto qué dirían cuando regresaban a su casa: Mamá, mire que no me hallé. O cuando fueran a pedir otro trabajo, ¿De verdad que llenarían la casilla de razón por la que dejó su empleo anterior con un “no me hallaba”? ¿Aceptarían esa excusa como legítima? En todo caso, imagino que debe ser preferible dejar un trabajo por no hallarse a ser despedido por robo o algo peor.

Analizando el término con mayor profundidad, decir que uno no se halla implica, incluso, un concepto filosófico: no hallarse, no encontrarse, no sentirse uno mismo. Es increíble como unas personas tan humildes y sencillas, pues muchas ni siquiera terminan la educación básica, puedan llegar a un nivel de entendimiento que muchos ilustres pensadores buscan durante toda su vida. Encontrar el estado del ser, de saber a donde se pertenece. Claro que muchas también deben confundir el no hallarse con el temor a salir de su zona de confort o a no estar bajo el ala protectora de su familia. Encontrarse solo en la vida es difícil, pero es quizás el mejor lugar para empezar a buscarse a uno mismo.

En mi casa, decir que uno no se hallaba aplicaba para muchas cosas, no solo a las empleadas. Por ejemplo, si realizábamos un viaje al extranjero o a la capital, o si empezaba la escuela con una nueva maestra; es decir, cualquier evento que alterara en algún sentido la rutina o el orden normal de las cosas, era una razón suficiente para que mi abuelita le expresara a mi mamá su profundo temor de que no me hallara. No sé si no hallarse tendrá algo que ver con la nostalgia de extrañar a los suyos o si sugiere más aquello de sentirse a gusto en un lugar ajeno, pero sea lo que sea, el concepto me sigue pareciendo peculiar.

Yo viví en la comodidad de la casa de mis padres hasta los diecisiete años; a esa edad me fui a estudiar a la capital y por años viví con familiares, amistades, desconocidos, experimenté todo tipo de situaciones, desde las más sublimes hasta las más terribles; e independientemente del espacio físico en que uno se encuentre o de la compañía que lo rodee, la búsqueda por encontrarse a uno mismo parece no terminar jamás. Quizás no hallarse, sirva para indicarnos el camino más que la meta. El hecho de no sentirnos cómodos en un lugar, de sentir esa tristeza de saber que ese no es el sitio al que pertenecemos nos de la fuerza para marcharnos aún en contra de toda lógica; de realizar actos sin sentido, pero que hacemos precisamente porque en el fondo confiamos en que existe un motivo que desconocemos y que a veces terminamos llamando destino. No recuerdo haber dicho nunca “no me hallo”, probablemente me dé pena hacerlo, ya que me he burlado mucho de ese término, pero aquello no implica que no me haya sentido nunca de esa manera, de hecho lo he sentido muchas veces y me conforta saber que al menos en este punto de mi vida, puedo ser capaz de discernir entre lo que me hace feliz de lo que no, y me anima tratar de encaminar mi vida hacia el punto en que pueda dormir tranquila sabiendo que me hallo en el lugar en que estoy.

BLANK – OCTUBRE / NOVIEMBRE 2013

Acabo de publicar mi primer libro. Se llama «Abrir las manos». Es una colección de doce cuentos de ficción donde se mezclan, entre otras cosas, el miedo, el amor, el deseo y la libertad. Me siento feliz. Fue lanzado en agosto, durante la Feria del Libro de Panamá y, afortunadamente, conté con la presencia de muchos de mis amigos y familiares más cercanos. Fue muy grato compartir un momento tan especial con esas personas, que aunque no las llame todos los días ni las vea constantemente, siempre han estado allí para apoyarme. Sin embargo, debido al avance en la tecnología, y en gran medida, a las redes sociales, el mundo se nos ha vuelto muy chiquito. Estamos cerca, no solo de las personas que están a nuestro alrededor, sino también de otras a miles de kilómetros de distancia. Hoy en día es fácil entablar conversación con un pintor en Dinamarca o incluso, con nuestro cantante o artista preferido. Y aunque a veces da miedo, y es en cierta medida peligroso, también nos emociona y nos da momentos de alegría.

A las pocas semanas de haber publicado mi libro, se me presentó la oportunidad de viajar a Guatemala para un trabajo. A través de mi cuenta de Twitter he conocido muchas personas que viven allá, y aunque de eso hace solo un par de años, con algunas me llevo tan bien, que siento como si las hubiese conocido de toda la vida. Una de ellas se dedica a organizar eventos y le pregunté qué probabilidades habría de hacer una presentación de mi libro en su país. Fue solo una idea que se me ocurrió de repente y en cuestión de horas ya estábamos armando una estrategia. «Tengo un contacto, que tiene un contacto, que tiene otro contacto que conoce a alguien que trabaja en una librería». Así empiezan las cosas. E-mails, mensajes directos, búsquedas en la web, ya ni siquiera se hace necesario usar el teléfono. Poco a poco se fueron sumando personas: su socio, amigos, seguidores. Estábamos en constante comunicación, tratando de coincidir las fechas, de que la gente se sumara, en fin, nos inventamos un evento de la nada en cuestión de días. La espera fue larga, pues, como es normal, no siempre se obtiene una respuesta enseguida y teníamos toda esta angustia de si iba o no iba a poder hacerse realidad.

Afortunadamente las cosas se fueron dando y prácticamente a menos de una semana de la fecha programada, teníamos todo armado. Como solo iba por dos días, llevaba únicamente mi mochila con la computadora y una maleta muy pequeña para mi ropa, donde metí mis libros. Yo suelo viajar con muy poca ropa y solo un par de zapatos, de modo que los libros ocupaban casi el 75% del espacio y el peso de la maleta. Metí algunos en mi mochila y el resto lo dejé en la maleta. Mi plan era llevarla como equipaje de mano, para tenerla siempre conmigo y estar segura de que llegara. Pero en el aeropuerto no me dejaron viajar con ambas. Debía escoger entre ella y mi mochila, de modo que tuve que mandarla como equipaje normal. Estaba tan nerviosa. Yo viajaba en la mañana y el evento era esa misma noche. Además, debía hacer escala en El Salvador. Si la maleta se extraviaba, iba a ser un desastre, ¡y habíamos trabajado tanto! Yo iba todo el camino rezando y preocupada, lo cual tampoco es muy bueno porque cuando viaja a otro país, lo peor que uno puede hacer es andar por ahí con cara de nerviosismo. Recordaba que cuando era niña, viajé con mis padres a visitar unos familiares en el extranjero y en el aeropuerto, mi padre tomó la maleta equivocada. Nos dimos cuenta al llegar al hotel y tuvimos que esperar varios días para que cada familia recuperara la suya. Pensaba en esas cosas cuando el avión aterrizó y había llegado a mi destino. Qué gran alegría fue recoger mi maleta sana y salva. Cuando di el primer paso fuera del aeropuerto con mi maleta en la mano y la mochila en los hombros, me convertí en la persona más feliz del planeta. Ya estaba allá y estaba bien.

La librería había reservado un salón muy bonito con sillas y mesas. Para mi sorpresa, hasta habían impreso un poster anunciando el evento y lo tenían en la entrada. Llegó la hora y poco a poco empezó a llegar la gente. Gente que no había visto nunca en mi vida, que no sabía nada de mí, decidieron apoyarme e invitaron a sus contactos a que fueran. El lugar se fue llenando y comenzamos con la presentación. No quería hacer un acto muy formal, así que estuvimos conversando, riendo y leyendo prácticamente todo el tiempo. Antes de que terminara, ya el salón estaba repleto. Habían personas paradas y hasta sentadas en el suelo. Recibí cerca de 40 menciones en Twitter esa noche, tres veces más de lo que recibí cuando presenté mi libro en Panamá. A la semana siguiente, el dueño de la librería me escribió para decirme que mi libro fue el más vendido esa semana. Casi me muero.

Aprendí mucho de esta experiencia, principalmente en la buena voluntad de las personas, en el poder de las redes sociales, y sobre todo, en la capacidad que tenemos dentro para lograr que las cosas que queremos, finalmente sucedan.

REVISTA MUJER –  SEPTIEMBRE 2013

Revista Mujer

 

 

BLANK – AGOSTO / SEPTIEMBRE 2013

Hay sueños que se cumplen cuando uno menos lo espera. Aparecen repentinos, espontáneos, oportunos. Otros, sin embargo, requieren de mucho esfuerzo para hacerlos realidad. En mi caso, estoy a punto de realizar uno que he tenido desde pequeña y que ahora, después de muchos años espero concretar muy pronto: escribir un libro. Ha sido una tarea larga, dura, tormentosa y a la vez repleta de alegría y emoción.

No recuerdo exactamente cuándo empecé esta travesía. Si tuviera que remontarme al primer cuento que redacté, es probable que tuviera apenas unos siete años. Escribí una historia sobre las aventuras de una niña llamada «Julie», cuyo nombre, estaba influenciado por una cómica que transmitían en la televisión en esa época. Estaba escrito a lápiz, en varias hojas tamaño carta. Sería imposible acordarme de la trama, pero estoy segura que debió haber sido tierno, empalagoso y cursi. La última vez que lo vi, hace muchísimo tiempo, estaba traspapelado entre algunas revistas viejas en la casa de mi abuelita. El libro que escribo ahora es de cuentos, y contrario a la mentalidad que tenía de pequeña, sus personajes son seres perturbados, en situaciones difíciles y complejas, algo un poco más parecido a la vida real, o mejor dicho a la realidad de mi vida. De niña, mi universo era una aventura de colores pasteles y, ahora de adulta, la gama de tonalidades es mucho más amplia y diversa, al igual que su reflejo en el papel.

Hay quienes desde chicos, demuestran un talento para la música, el deporte, la pintura, o bien desarrollan tanto interés por una rama que terminan encaminándose en esa dirección. Lo mío, siempre fueron las letras, y aunque no sé si contaba con un talento innato para ello, sí es lo que siempre me ha gustado. Reconozco que toda la vida fui, soy y seré, como dicen en el argot pupular: nerd. En la escuela siempre participaba de los concursos de ortografía y redacción, y de adulta, asistí a varios talleres y cursos literarios. A mí me gustaba estudiar, pero más que nada me gustaba leer y quien desarrolla mucho amor por la lectura, eventualmente termina cayendo en los brazos de la escritura.

No obstante, a pesar de que siempre me sentí encaminada hacia esa dirección, no solía visualizarme en la labor de, literalmente, sentarme a escribir un libro. Más bien, hablaba de ello como un sueño. Algo que quería realizar en un futuro. Y así me pasé muchos años. Hasta que un día, en esas sacudidas de realidad que te da la vida, me di cuenta que si no ponía empeño en realizarlo, nunca lo haría. Entonces, me puse como meta, sacarlo este año. Y no ha sido fácil. He tenido que desvelarme muchas noches, renunciar a idas al cine, a paseos, fiestas de amigos y reuniones familiares. Porque dentro de todo el esfuerzo que equivale sacar tiempo para proyectos tan personales, tampoco se puede descuidar del todo a la familia, al trabajo, incluso a los hobbies. Es difícil llegar a la casa cansada, después de estar todo el día en la computadora, para seguir sentada en la cama en la misma computadora el resto de la noche. Además debo reconocer que soy una persona perezosa. A mí me encanta dormir, y me fascina tirarme en una cama, en un sofá o en el piso a no hacer nada. No digamos que todo el día, pero si pudiera hacerlo a menudo, lo haría. También me distraigo fácilmente. Tengo la fortuna de trabajar en una oficina ubicada en el piso 21 de un edificio con vista al mar, lo cual es un deleite a los ojos y a la vez un motivo para distraerme con regularidad. Solo tiene que pasar un pájaro, una mariposa, o hasta un globo de helio para que mi mirada se despegue de la computadora y se vaya a recorrer otros mundos.

Además soy desorganizada y perezosa. También, paranoica e insegura. Me pasa que termino de escribir una historia, y luego de algunos días, no me gusta. Entonces no puedo dormir pensando que el libro está malo, que no sirve. Me lleno de dudas y es un desastre. Lo bueno es que mi editor me tiene paciencia y me dice que no me preocupe, que es normal sentirse así, y que a todo el mundo le pasa. Imagino que igual debe suceder en todos los ámbitos. Un arquitecto que diseña un edificio y se despierta en mitad de la noche porque no le gusta cómo le quedó tal pared, o un músico que piensa que su disco es lo máximo y luego que lo escucha quisiera tirarlo a la basura. Ya estoy tratando de no pensar negativo y disfrutar de cada una de las partes del proceso de creación. Lo más probable es que lo publique y luego de unos años me dé pena, tal como me ha sucedido muchas veces con mi trabajo o, incluso, con esta columna. En el momento uno cree que todo está bien, y cuando vuelvo a verlo le encuentro errores o frases que me hubiera gustado no haber dicho. En fin, si algo he aprendido de todo esto, es que la vida es demasiado corta para preocuparse por el pasado o el hubiera. Siempre todo puede quedar mejor, al igual que puede quedar peor. Las cosas que hacemos ahora quizás no nos gusten en un futuro, pero son el reflejo de cómo nos sentimos en este momento, y no hay mejor tiempo para hacerlas que el ahora.

BLANK – ABRIL / MAYO 2013

No sé si sea una conducta natural o un patrón aprendido, pero hay que aceptar que al ser humano no le gusta perder. No estamos acostumbrados, ni se nos enseña a ello, y quizás por eso se nos hace tan difícil; sobre todo a nivel personal. Somos capaces de aguantarnos un jefe abusivo o a una pareja egoísta por el temor a arriesgarnos a lo desconocido. Sin embargo, todos los días se pierde y se gana en muchos aspectos, y dejar de intentarlo no solo nos puede privar de adquirir experiencias muy satisfactorias, sino que también nos puede llevar al fracaso.

Hace poco más de un año, decidí probar un deporte. Hago constar que nunca practiqué deportes en toda mi vida y empezar a hacerlo cuando se está en los treinta requiere de muchas ganas y, sobre todo, de una gran fuerza de voluntad. En especial en mi caso, que de niña siempre fui la típica nerd que sacaba excelentes notas académicas, pero que no era capaz de apañar ni siquiera una pelota de papel. Las clases de educación física eran un castigo, empezando por el clásico uniforme de escuela pública. Aún puedo sentir el dolor que dejaba en mis muslos la línea del elástico del pantalón corto rojo. Probablemente aquello será lo más cercano que estaré de tener un tatuaje en la vida. El escenario era catastrófico: yo, la niña más pálida y delgada del salón, con pantalones muy cortos, corriendo torpemente a lo largo de la cancha mientras fallaba todos los tiros que me hiciera el maestro o mis compañeras de clase. Era un martirio. Mis cincuenta minutos de vergüenza pública semanal frente a todos los niños y niñas de la escuela. Recuerdo que al terminar la secundaria, una de las primeras cosas que dije fue que me alegraba muchísimo no tener que dar educación física nunca más. Y de hecho, mientras escribo estas líneas siento un gran alivio de que sea cierto.

No obstante, a medida que uno crece (por no decir envejece), se va dando cuenta de la importancia de hacer ejercicio, en especial cuando la mayoría de los trabajos de oficina se dan de modo sedentario. Entonces uno se da cuenta que el hecho de ser delgado no es garantía de salud, y se va entusiasmando con las actividades físicas que practican tus amistades o que ves en la televisión, o leíste en internet; de modo que no sé ni cómo ni por qué, un día me metí a practicar Ultimate Frisbee.

El Ultimate Frisbee, en pocas palabras, es un deporte que se practica al aire libre, con dos equipos, donde para anotar un punto, los jugadores deben avanzar pasándose el disco volador entre ellos, y apañarlo en el área de gol. En realidad es mucho más complicado, pero esa es la idea en general. Se juega en una cancha con una medida similar a las que se juegan en fútbol. De modo que requiere de muchos pulmones y buenas condiciones físicas para correr de un lado a otro durante todo el partido, que regularmente dura una hora.

Cuando llegué el primer día, todos me dijeron que no importaba si no había jugado nunca antes, que lo principal era participar y divertirse. Yo, como aún mantengo un alto grado de inocencia, pensé que aquello sería espectacular y me inscribí en la Liga de Verano. Ese mismo día me di cuenta que las capacidades que tenía para el ejercicio físico en la primaria no habían variado mucho ahora que era adulta. De hecho se mantenían practicamente al mismo nivel. Además, descubrí también que mi cuerpo tenía una especie de imán que hacía que cualquier disco que tiraran mal por equivocación fuera a parar directamente en mi cabeza, hombro, espalda o pantorrilla. Mis rodillas fueron las primeras en manifestarse en contra y lo hicieron en todo su esplendor. Esas primeras semanas subía y bajaba escaleras igual o peor que una mujer embarazada a punto de dar a luz. Debo confesar que hubo momentos en los que pensé que debería renunciar a esa locura. Que definitivamente el deporte no estaba hecho para mí. Sin embargo, a pesar de todo el sufrimiento, yo me divertía. Y aunque lento, muy, muy lento, mejoraba. La liga empezó y me tocó un equipo que, como era lógico, debía ser el peor. Siempre perdíamos. De hecho, creo que nunca ganamos un solo juego. Era muy frustrante y cualquiera pensaría que tenía todas las razones para renunciar, pero tampoco me di por vencida, y seguí. Luego vinieron otros torneos, un disco me pegó en la cara y me dejó un ojo morado por un mes; tampoco renuncié. Seguí practicando y tratando de mejorar. Este año volví a la liga de verano y mi equipo volvió a ser el peor, pero al menos ganamos un partido. Y lo mejor de todo fue que logré meter mi primer punto. De hecho, he logrado meter varios en algunos juegos amistosos.

Debo confesar que mi cabeza sigue siendo un imán para cualquier disco desviado, pero al menos ya no me duelen las rodillas. He aprendido a hacer defensas, a superar mi miedo al disco, tan parecido a mi miedo a las pelotas de beisbol, he hecho buenas amistades, y lo principal: me he divertido a montones. Se supone que en los deportes los buenos son los que ganan; pero en mi caso a pesar de haber perdido siempre, yo en verdad siento que he ganado mucho.