Vivir con miedo no es vivir

BLANK – ABRIL / MAYO 2014

Nunca olvidaré la primera película de terror que vi. Era sobre unos zombis que se comían a un pueblo entero. Fui con mi hermana y unas amigas a lo que, en esa época, era el Teatro Fénix en Chitré y salí completamente traumatizada. Sobre todo porque vivía a una cuadra del cementerio, y como me decía mi hermana: «si se despiertan esos zombis, a nosotras nos comen de primero». Luego de un infructuoso intento de convencer a nuestros padres de mudarnos de casa, el asunto de los zombis pasó a segundo plano y no hizo otra cosa que fomentar en nosotras el deseo de ver más películas de terror. Así conocí a los monstruos clásicos del cine: el Conde Drácula, el hombre lobo; a los modernos: Jason Voorhees de Viernes 13, Freddy Krueger, y muchos más.

Sin embargo, a medida que uno va creciendo, los monstruos de las películas van siendo reemplazados, en cierta manera, por los monstruos de la vida real: el miedo a los ladrones, a quedarse sin trabajo, a perder a los seres queridos. Y es así como vamos creando en nuestra mente, todo un abanico de inseguridades.

Yo, en este momento, estoy muerta de miedo. Le temo a un monstruo que es más real que cualquier otro y contra el cual me siento indefensa. Le temo a un insecto. Un insecto que no mide más de una pulgada y que me tiene completamente paranoica: el mosquito Aedes aegypti, transmisor del virus del dengue. Mi temor es tan grande que ha afectado incluso las actividades que solía hacer a diaro. Yo vivo en San Francisco, y todas las mañanas me iba caminando a hacer ejercicio al Parque Omar. Dejé de hacerlo porque, desafortunadamente, vivo en una de las áreas con uno de los más altos índices de casos registrados. Cuando anunciaron en las noticias que habían encontrado víctimas cuatro calles antes de la mía, me volví loca. Miraba por la ventana y contaba las calles en las que se habían dado los casos y donde seguro andaban revoloteando esos animales. Me moría de la angustia. Llamaba a mis amigas y les decía: «¡Van a venir, van a venir para acá los desgraciados!». Era como esperar el apocalipsis zombi, pero en miniatura. Y en efecto, así fue. A la semana siguiente, publicaron que habían casos tres calles antes, luego dos, y hace algunas semanas, se dio el primer caso en el edificio justo al lado del mío. El miedo que sentía era espantoso porque aunque yo no tenga basura, envases con agua, o cualquier otro tipo de criaderos de mosquitos, ¿quién me garantiza que al salir al carro me no me pique uno? O caminando hacia la lavandería, o en la farmacia. Es realmente frustrante, pues el dengue es una enfermedad muy seria. No existen vacunas, ni medicinas «anti-dengue». Tengo entendido que si te da, solo te mandan remedios para la fiebre o para los síntomas, y ya. Te lo tienes que aguantar hasta que se vaya y, por lo que he leído, dura bastante y te pone muy mal.

Yo me siento impotente y desprotegida en muchos sentidos, porque al menos, si uno le tiene miedo a los tiburones, con no meterse al mar se soluciona. Si le temes a los leones, con estar alejado de los circos, los zoológicos o de África es suficiente. Pero cuando le temes a un mosquito que puede estar en cualquier parte de la ciudad, en la calle, el parque, o incluso dentro de tu propia residencia, no hay mucho que uno pueda hacer.

Yo salgo en mi carro y veo al conserje todo el día afuera de mi edificio, la gente caminando por la calle, trabajando, esperando el metrobús. Todo el mundo haciendo su vida normal, riendo, jugando y yo me pregunto, ¿cómo harán para no preocuparse? Lo he analizado mucho y he elaborado diversas teorías: que no están anuentes del peligro que los acecha; que aunque estén anuentes, no les importa; que quizás sí están anuentes y sí les importa, pero simplemente deciden ignorarlo, y así me voy ¡POR HORAS! Sé que soy una exagerada, alarmista y pesimista. Con todo lo que le he invertido en el tema, probablemente ya hubiera encontrado la solución para la paz mundial, o si supiera de medicina, la cura para el mismísimo dengue.

Sin embargo, al final, luego de mucho debate y quizás como mecanismo de defensa de mi propia mente para no quedar en un manicomio, llegué a la conclusión de que de nada servía seguir atormentándome por algo que se sale de mis manos. Con mosquitos o sin ellos, igual tengo que trabajar todos los días, visitar clientes, hacer compras, asistir a eventos, es decir, hacer todo lo que he hecho todos los días, durante toda mi vida. Solo queda cuidarse lo más que uno puede y esperar que los demás hagan lo mismo.

Poco a poco he vuelto a ir al parque y aunque no he dejado de pensar en el asunto, ya no me preocupo tanto por él. Estoy aprendiendo a aceptar que si no puedo controlar las cosas que no dependen de mí, debo seguir adelante porque tampoco es saludable vivir de esa manera. Se puede tener miedo a muchas cosas: a la oscuridad, a los monstruos, a las deudas, o en mi caso, a ciertos mosquitos. Se puede vivir con esos miedos, pero lo que no podemos hacer es dejar de vivir por culpa de ellos.

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