Viajes que transforman

BLANK – JUNIO / JULIO 2014

Hace algunas semanas atrás, un sábado en la mañana, me despertaron catorce llamadas perdidas del vecino de mi abuelita, que vive en el interior, para decirme que se había puesto muy mal y se la habían llevado al hospital. Luego de arreglar los principales asuntos pendientes en mi casa, salí de la ciudad rumbo al interior. El trayecto empezó mal, con un tráfico espantoso en la salida del Puente de las Américas que me atrasó casi una hora. A la altura de Coronado comenzó una pertinaz lluvia que no cesaría hasta llegar a mi destino. Durante el camino, mis tías me llamaban constantemente para preguntarme cómo iba, que por dónde iba y, sobre todo, que por qué iba sola. Para la mayoría de mis familiares, que una mujer maneje sola hacia el interior es el equivalente a llevar el anillo de Saurón a Mordor. A mí me parece más peligroso manejar diariamente en la ciudad, la gente conduce aún peor y va con menos cuidado, pero entiendo que es peligroso. Debo confesar que hubo una parte del camino en la que llovía tan fuerte y estaba tan oscuro que pensé que si el carro se me paraba en ese lugar, no sabría si tenerle más miedo a la aparición de un hombre, un animal o una cosa; el escenario era tan macabro que cualquiera de las tres opciones me parecían completamente válidas. Afortunadamente, no tuve ningún inconveniente, pero debido al tráfico y la lluvia, llegué al hospital casi a las diez de la noche, sin haber hecho ninguna parada en todo el camino.

Mi abuelita estaba internada en un hospital público. Luego de caminar por un largo y oscuro corredor, impregnado de aquel característico olor a alcohol, encontré a mi abuelita acostada en una cama de la última sala. La sala contaba con seis camas, de las que estaban ocupadas cuatro. Junto a cada cama había un único taburete para las visitas. Mi abuelita era la única paciente que estaba sola, había estado acompañada durante el día, pero a esa hora ya se habían retirado el resto de los familiares. Durante el camino había pensado que lo más probable era que tuviera que dormir en el hospital, pero con tantas cosas en mi cabeza, no me había preparado psicológicamente para lo que me esperaba. Estaba cansada, agobiada, no había comido nada desde el almuerzo y a esa hora iba a ser muy difícil comer algo. Frente a mi abuelita había una señora mayor muy enferma, su nieta la estaba cuidando y sacó de su maletín un paquete con varias galletas de sal. Me acerqué a ella y le pregunté si podría venderme una, le conté que no había comido en todo el camino y que esa sería mi cena. La señora se apiadó de mí y me regaló un paquetito de galletas y un jugo. Gracias a la generosidad de aquella mujer pude reducir un poco la fatiga. A los pocos minutos apagaron las luces y cada quien se acomodó en su silla lo mejor que pudo. Tengo que reconocer que dormir en el taburete de un hospital es de las cosas más difíciles que me ha tocado hacer en la vida. En realidad uno no duerme, es más bien un estado intermedio. A esa hora el tiempo corre más lento, el aire se siente más frío y cualquier incomodidad que uno pueda tener se magnifica. Caminé hacia la sala de estar y encontré un grupo de sillas desocupadas. Le pregunté a la enfermera si podía acostarme en ellas y accedió. Al menos pude estar en posición horizontal por un rato, pero las divisiones entre una silla y otra se me incrustaban en la espalda. De vez en cuando me levantaba para ver a mi abuelita y regresaba. Justo me estaba quedando dormida cuando a las 4:30 a.m. prendieron todas las luces y una enfermera dijo en voz alta: ¡Hora del baño! Sí, mandan a bañar a los pacientes a esa hora. Ya no había forma de dormir otra vez. A esa hora empieza el día en el hospital público. Creo que por el simple hecho de estar ahí, se crea una especie de complicidad entre enfermos y familiares. Hay que ser muy duro para compartir un cuarto con otras personas y no preguntar sobre su condición. Me tocó ver cosas muy fuertes, personas cuya vida pendía casi de un hilo, familiares que no dejaron solos a sus seres queridos ni por un solo minuto y otros que, prácticamente, se olvidaron de los suyos. Estuve en el hospital con mi abuelita dos días, y como aún no le daban salida, me tuve que regresar a la ciudad. Sin embargo, no todo fue malo. Mi papá se ofreció a acompañarme de regreso a Panamá y estuvimos conversando todo el camino de vuelta. Aquella ha sido la conversación más larga y amena que he tenido con mi padre en toda mi vida y eso me alegró mucho.

Afortunadamente, a mi abuelita le dieron de alta y, aunque sigue delicada, está mejor de salud. Haber vivido esa experiencia me convirtió en otra persona, creo que en dos días aprendí más sobre humanidad que en años. Las mujeres que conocí en esa sala, médicos, enfermeras, familiares que estuvieron al pendiente, las conversaciones que tuve con todas y cada una de ellas me marcaron profundamente. Una vez dije que es bonito cuando nos une la amistad, es maravilloso cuando nos une el amor, pero es extraordinario cuando nos unen las desdichas. Y en ese viaje, lo pude comprobar.

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