Reseña del libro «Puente Levadizo: Veinticuatro cuentistas de Panamá y España»

Tal como revela su título, Puente Levadizo es una antología de veinticuatro cuentos, divididos en doce de autores panameños y doce de autores españoles. Este puente, tendido sobre el Océano Atlántico, ofrece una muestra rica y diversa de escritores de ambos continentes dentro de una amplia brecha generacional, lo que enriquece grandemente la obra y acentúa el intercambio cultural que propone.

La recopilación de los textos panameños estuvo a cargo de Enrique Jaramillo Levi y está compuesta por los escritores: Justo Arroyo (1936), Pedro Rivera (1939), Moravia Ochoa López (1939), Dimas Lidio Pitty (1941), Enrique Jaramillo Levi (1944), Consuelo Tomás Fitzgerald (1957), Dimitrios Gianareas (1967), Isabel Burgos (1970), Carlos Oriel Wynter Melo (1971), Melanie Taylor Herrera (1972), Pedro Crenes Castro (1972) y Roberto Pérez Franco (1976).

Del otro lado del océano, Pedro Crenes Castro se encargó del trabajo de los autores españoles: José María Merino (1941), Juan Pedro Aparicio (1941), Cristina Fernández Cubas (1945), Ángel Olgoso (1961), Hipólito G. Navarro (1961), Javier Sáez de Ibarra (1961), Ángel Zapata (1961), Eloy Tizón (1964), Juan Carlos Márquez (1967), Pilar Adón (1971), Patricia Esteban Erlés (1972) y Marina Perezagua (1978).

La temática en Puente Levadizo es muy variada, tanto en los autores dentro su propio territorio como a nivel global. Al no existir un tema o estilo en común, se puede disfrutar con mayor libertad de la individualidad de cada uno de los textos. El libro empieza en un continente y a medida que se avanza hacia el otro, podría decirse que más que pasos, se dan brincos, y es con esa grata sensación de ir saltando a través de pequeños universos, que se recorre la obra.

De los cuentos panameños, amplío dos de mis favoritos: El jardín de Urbano de Justo Arroyo y Con forma de varón de Moravia Ochoa.

El jardín de Urbano, cuento que abre la colección, narra el estrecho vínculo que crea un niño de diez años con su primo Urbano, un sepulturero obsesionado con perfeccionar fosas «al nivel». Y es esa necesidad de alcanzar la perfecta simetría para depositar un ataúd lo que lo empuja a un desequilibrio emocional que se desata con el entierro de su madre. Urbano se aparta de los vivos para entenderse con los muertos. Su primo, en un desesperado intento por regresarlo a la realidad, queda involucrado en un acto siniestro que sellará el destino y la vida de ambos. Este cuento, enmarcado en velorios y despedidas, es un homenaje a la muerte, que se dibuja no como lo opuesto a la vida, sino literalmente, como un florecimiento.

Con forma de varón describe la historia de una mujer de la ciudad que decide mudarse al campo para «vivir como la campesina que llevaba en el alma». La mujer se establece en la casa que pertenecía a su padre, un lugar lleno de recuerdos de familiares, amigos y amores que han desaparecido de su vida. Pero esa paz y serenidad que tanto anhela se ve perturbada con la aparición de un hombre misterioso, que para algunos lugareños es la personificación exacta del demonio. Este hombre, en el papel de lobo vestido de oveja, encarna todo aquello que la mujer teme y, en el fondo, desea. La prosa sutil, elegante y sensual de Moravia Ochoa introduce al lector en el interior de esta mujer que es joven, es adulta y también es una anciana. Una mujer sin edad que refleja a todas las mujeres, y cuyos temores, dudas y remordimientos se conjugan en un ser que la seduce, que más que hombre es diablo, y que más que condenarla, la libera.

De los autores españoles, profundizo en dos cuentos fabulosos: El valor de Ángel Zapata y Criptonita de Patricia Esteban Erlés.

El valor comienza ubicando al lector en un islote en Oceanía cuyos únicos habitantes son dos náufragos: Dámaso, un viejo marino de piel curtida y larga barba, que ha permanecido en la isla demasiado tiempo, y Roque, un ingeniero de mediana edad, que lleva en el islote solo tres meses. El viejo y el hombre establecen una relación de padre e hijo, donde a veces no se sabe bien quién es el padre ni quién es el hijo. Para estos hombres, despojados de todo cuanto tenían y de lo que una vez fueron, el pasado es demasiado doloroso, el presente parece inacabable y el futuro se presenta aún más desalentador. «Hay que tener valor antes que nada. Tener valor es lo primero», menciona Dámaso. Y así, a través de los diálogos entre ambos personajes, ambientados en esa isla lejana donde el mar recoge letras rojas que se apilan en la orilla, el cuento descubre la profundidad de la naturaleza humana en situaciones de desolación y su capacidad de sobrevivir a la desesperanza y al desconsuelo, aún cuando toda ilusión parezca ya perdida.

Criptonita relata la historia de una mujer que compra una pedazo de criptonita por internet. La roca es supuestamente extraída de un yacimiento serbio por dos geólogos estadounidenses, quienes aseguran su autenticidad e inocuidad. La soledad en la que vive esta mujer, cuya única compañía es su gato Carygrant, se hace más llevadera gracias a la satisfacción que le produce ser dueña de este fragmento de piedra, en teoría proveniente de Kripton. Guardada cautelosamente en el cajón de sus bragas, la criptonita es su pequeño tesoro oculto del resto del mundo. Un secreto que no pretende revelar a nadie, así como Clark Kent escondía su otra identidad. La mujer aparenta tener una vida feliz con su criptonita y su gato hasta que aparece Grandísimo Hijo de Puta, un hombre que a medida que se desarrolla la historia, nos descubre las razones por las cuales se hace meritorio de tan despreciable apelativo. Criptonita es una historia que gira en torno a la confianza, esa que con facilidad somos capaces de depositar en extraños que aparecen en internet como en la pareja que duerme a nuestro lado. El cuento sugiere además, que la vida es un riesgo donde, al igual que Superman, exponernos a nuestras debilidades pocas veces nos libra de salir ilesos.

Puente Levadizo reúne veinticuatro narraciones cuidadosamente seleccionadas y, con ello, ofrece una muy buena muestra del talento en las letras de ambos países, que aunque estén ubicadas en dos extremos de la geografía mundial, siguen estando unidas por el lazo cultural que identifica a las obras latinoamericanas.

Portada Puente Levadizo

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