BLANK – DICIEMBRE 2013 / ENERO 2014

A mí nunca me gustó trabajar en equipo. Jamás. Siempre lo odié. Y aunque sé que la teoría sugiere que trabajar en grupo fomenta el entusiasmo y el compañerismo, de acuerdo a mi experiencia, aquello solo ha significado que las tareas que debían realizarse entre cinco personas, las terminan haciendo dos o tres, y entre esas, por supuesto, siempre estaba yo. Mi apatía hacia el trabajo en equipo me ha ocasionado inconvenientes en diversos aspectos de mi vida, principalmente, en mi trabajo, pues me cuesta mucho delegar. Soy de la filosofía de que si quieres que algo quede bien, debes hacerlo tú mismo, y esto ocasiona echar sobre mis hombros un peso extra, que podría ser aliviado diviéndolo entre otras personas.

Pero mi mayor reto en este sentido, se dio el pasado mes de octubre, cuando la empresa en la que trabajo se ofreció a participar en la carrera Relevo por la Vida de Fanlyc. Para quienes no lo conocen, este es un evento que organiza la Fundación de amigos del niño con leucemia y cáncer (Fanlyc) para recaudar fondos para esta institución. Las empresas participantes se comprometen a donar cinco dólares por cada vuelta que se realice en su equipo durante 24 horas consecutivas en un circuito de, aproximadamente, 3 kilómetros. Nuestra empresa decidió participar con escasas semanas de anticipación al evento, por lo que se tuvo que hacer todo con una rapidez extraordinaria. Había que ir a reuniones, conferencias de prensa, planificar el agasajo de la niña que representábamos, y ni hablar de todos los preparativos de carpa, agua y demás suministros para el día de la carrera. El evento dura 24 horas, por lo que pensábamos que lo ideal sería que hubiese alguien en nuestro stand durante todo ese tiempo, pero en mi oficina solo trabajamos siete personas. Cuando tuvimos la reunión de cómo nos repartiríamos el trabajo, empezando el sábado a las siete de la mañana y terminando el domingo a la misma hora nos dimos cuenta de lo que se nos venía encima. Recuerdo muy claro que en ese momento mi socia dijo: «somos un equipo y debemos ayudarnos entre todos, eso nos va a unir más». Entonces caí en cuenta de lo que significaba trabajar en equipo de verdad. Cada uno tenía un horario, cada uno debía cumplir con una obligación y cada uno era responsable de llevar a cabo su trabajo. Si uno no iba o fallaba en su tarea, afectaba directamente a su compañero y por ende al equipo en general. Cabe destacar que por ser un evento social, nadie recibía ninguna remuneración monetaria; de modo que todos los involucrados hacíamos el esfuerzo por voluntad propia. El día que conocimos a la niña de nuestro equipo fue muy especial para todos. Todos le tomamos cariño desde el momento en que entró por la puerta. Apenas tiene cuatro años y ya es toda una sobreviviente de cáncer. Aquello nos dio el empuje que necesitábamos para prepararnos para la carrera, no podíamos quedarle mal a una niña tan dulce y así, finalmente, llegó el día.

Mi compañero que escogió el turno de las siete de la mañana es un muchacho de veintisiete años que vive pegado a la computadora, al celular y a su consola de video juegos. Nunca había participado en algo parecido, jamás en su vida había atendido al público, ni le gusta estar en el sol o interactuar con la gente. Es del tipo de personas que se pone sus audífonos para separarse del mundo y ahora le iba a tocar hacer exactamente lo contrario. Mi turno empezaba a las ocho de la noche, pero yo me fui desde las dos de la tarde porque había pasado toda la mañana preguntándome cómo estarían mis compañeros allá y pensé que de todas formas, en algo podría ayudar. Al llegar al lugar me encontré con que el resto de mis compañeros había hecho exactamente lo mismo. Me sorprendió cómo se desarrolló un fuerte lazo de camaradería entre todos. Mi asistente llegó dos horas antes con toda su familia y se quedaron incluso horas más del tiempo programado. La niña de nuestro equipo llegó con su familia y dieron varias vueltas. Familiares, amistades, gente conocida a través de las redes sociales, muchos llegaron a apoyar y se quedaron ahí, ayudando en la medida que pudieran. Todos estábamos felices, incluso mi compañero de las siete de la mañana mencionó que le había encantado y que el próximo año quería colaborar más. Nos habíamos puesto como meta llegar a las 200 vueltas y al finalizar la carrera completamos casi las 400. De 80 empresas participantes, algunas con más de 2,000 empleados, nosotros con solo siete, quedamos de número 28.

Mi socia tenía razón, haber participado en ese evento nos unió más, como equipo, como empresa y también como personas. Por mi lado aprendí la importancia de trabajar en grupo y de hacer sentir al resto del equipo que su esfuerzo es valorado y que es importante para todos. Lo bien que se siente alcanzar una meta en conjunto supera la sensación de alcanzarla uno mismo. Es bueno saber que uno no está solo, que a veces se necesita de la ayuda de otros y que eso, también está bien.