BLANK – DICIEMBRE 2012 / FEBRERO 2013

Si existe una frase común que siempre me ha llamado la atención es el famoso “no se halla”. Esta expresión, que asumo debe ser del interior, la escuché por primera vez a muy temprana edad, y no creo que entendiera realmente su significado hasta ahora. Recuerdo que mi mamá solía mencionarla cada vez que le tocaba la penosa tarea de buscar una nueva empleada para la casa. Ojalá encontremos una que se halle, decía. En esa época yo vivía en Chitré y como era de esperarse, las aspirantes solían ser muchachas de los más recónditos pueblitos de los alrededores. Yo era apenas una niña, de modo que nunca formé parte de aquel complicado proceso de selección, hasta que un día, de la nada, llegaba a la casa una jovencita de sonrisa tímida, con una pequeña maleta y la mirada extraviada, a la que nos presentaban con delicadeza; no sin antes advertirnos de mil maneras lo importante que era portarnos bien en su presencia, pues el temor a vivir en la constante búsqueda de una empleada solo puede compararse con la muerte.

Este nuevo ser que venía a vivir a nuestra casa, solía despertarme muchísima curiosidad: ¿Quién era esta persona y por qué estaba aquí? ¿De dónde venía? ¿Dónde estaba su familia? Algunas duraron años, otras meses, y algunas, pocos días. Sería imposible recordarlas a todas; sin embargo, nunca olvidaré el rostro afligido de una que otra muchachita, diciendo con lágrimas en los ojos que “no se hallaba”. Y al parecer aquello era una excusa tan válida, que nadie discutía con ellas su partida. Si alegaban que se iban porque era mucho trabajo, se podía negociar con ellas sus labores; si era porque no querían planchar, se lo eliminaban; si era por dinero, se lo aumentaban; pero si era porque no se hallaban, no había nada más que hacer. Era como una sentencia definitiva; luego de eso venía el silencio y la palmada en la espalda típica de quien comprende la pesada carga que se lleva por dentro. A veces pienso en ellas y me pregunto qué dirían cuando regresaban a su casa: Mamá, mire que no me hallé. O cuando fueran a pedir otro trabajo, ¿De verdad que llenarían la casilla de razón por la que dejó su empleo anterior con un “no me hallaba”? ¿Aceptarían esa excusa como legítima? En todo caso, imagino que debe ser preferible dejar un trabajo por no hallarse a ser despedido por robo o algo peor.

Analizando el término con mayor profundidad, decir que uno no se halla implica, incluso, un concepto filosófico: no hallarse, no encontrarse, no sentirse uno mismo. Es increíble como unas personas tan humildes y sencillas, pues muchas ni siquiera terminan la educación básica, puedan llegar a un nivel de entendimiento que muchos ilustres pensadores buscan durante toda su vida. Encontrar el estado del ser, de saber a donde se pertenece. Claro que muchas también deben confundir el no hallarse con el temor a salir de su zona de confort o a no estar bajo el ala protectora de su familia. Encontrarse solo en la vida es difícil, pero es quizás el mejor lugar para empezar a buscarse a uno mismo.

En mi casa, decir que uno no se hallaba aplicaba para muchas cosas, no solo a las empleadas. Por ejemplo, si realizábamos un viaje al extranjero o a la capital, o si empezaba la escuela con una nueva maestra; es decir, cualquier evento que alterara en algún sentido la rutina o el orden normal de las cosas, era una razón suficiente para que mi abuelita le expresara a mi mamá su profundo temor de que no me hallara. No sé si no hallarse tendrá algo que ver con la nostalgia de extrañar a los suyos o si sugiere más aquello de sentirse a gusto en un lugar ajeno, pero sea lo que sea, el concepto me sigue pareciendo peculiar.

Yo viví en la comodidad de la casa de mis padres hasta los diecisiete años; a esa edad me fui a estudiar a la capital y por años viví con familiares, amistades, desconocidos, experimenté todo tipo de situaciones, desde las más sublimes hasta las más terribles; e independientemente del espacio físico en que uno se encuentre o de la compañía que lo rodee, la búsqueda por encontrarse a uno mismo parece no terminar jamás. Quizás no hallarse, sirva para indicarnos el camino más que la meta. El hecho de no sentirnos cómodos en un lugar, de sentir esa tristeza de saber que ese no es el sitio al que pertenecemos nos de la fuerza para marcharnos aún en contra de toda lógica; de realizar actos sin sentido, pero que hacemos precisamente porque en el fondo confiamos en que existe un motivo que desconocemos y que a veces terminamos llamando destino. No recuerdo haber dicho nunca “no me hallo”, probablemente me dé pena hacerlo, ya que me he burlado mucho de ese término, pero aquello no implica que no me haya sentido nunca de esa manera, de hecho lo he sentido muchas veces y me conforta saber que al menos en este punto de mi vida, puedo ser capaz de discernir entre lo que me hace feliz de lo que no, y me anima tratar de encaminar mi vida hacia el punto en que pueda dormir tranquila sabiendo que me hallo en el lugar en que estoy.