BLANK – OCTUBRE / NOVIEMBRE 2013

Acabo de publicar mi primer libro. Se llama «Abrir las manos». Es una colección de doce cuentos de ficción donde se mezclan, entre otras cosas, el miedo, el amor, el deseo y la libertad. Me siento feliz. Fue lanzado en agosto, durante la Feria del Libro de Panamá y, afortunadamente, conté con la presencia de muchos de mis amigos y familiares más cercanos. Fue muy grato compartir un momento tan especial con esas personas, que aunque no las llame todos los días ni las vea constantemente, siempre han estado allí para apoyarme. Sin embargo, debido al avance en la tecnología, y en gran medida, a las redes sociales, el mundo se nos ha vuelto muy chiquito. Estamos cerca, no solo de las personas que están a nuestro alrededor, sino también de otras a miles de kilómetros de distancia. Hoy en día es fácil entablar conversación con un pintor en Dinamarca o incluso, con nuestro cantante o artista preferido. Y aunque a veces da miedo, y es en cierta medida peligroso, también nos emociona y nos da momentos de alegría.

A las pocas semanas de haber publicado mi libro, se me presentó la oportunidad de viajar a Guatemala para un trabajo. A través de mi cuenta de Twitter he conocido muchas personas que viven allá, y aunque de eso hace solo un par de años, con algunas me llevo tan bien, que siento como si las hubiese conocido de toda la vida. Una de ellas se dedica a organizar eventos y le pregunté qué probabilidades habría de hacer una presentación de mi libro en su país. Fue solo una idea que se me ocurrió de repente y en cuestión de horas ya estábamos armando una estrategia. «Tengo un contacto, que tiene un contacto, que tiene otro contacto que conoce a alguien que trabaja en una librería». Así empiezan las cosas. E-mails, mensajes directos, búsquedas en la web, ya ni siquiera se hace necesario usar el teléfono. Poco a poco se fueron sumando personas: su socio, amigos, seguidores. Estábamos en constante comunicación, tratando de coincidir las fechas, de que la gente se sumara, en fin, nos inventamos un evento de la nada en cuestión de días. La espera fue larga, pues, como es normal, no siempre se obtiene una respuesta enseguida y teníamos toda esta angustia de si iba o no iba a poder hacerse realidad.

Afortunadamente las cosas se fueron dando y prácticamente a menos de una semana de la fecha programada, teníamos todo armado. Como solo iba por dos días, llevaba únicamente mi mochila con la computadora y una maleta muy pequeña para mi ropa, donde metí mis libros. Yo suelo viajar con muy poca ropa y solo un par de zapatos, de modo que los libros ocupaban casi el 75% del espacio y el peso de la maleta. Metí algunos en mi mochila y el resto lo dejé en la maleta. Mi plan era llevarla como equipaje de mano, para tenerla siempre conmigo y estar segura de que llegara. Pero en el aeropuerto no me dejaron viajar con ambas. Debía escoger entre ella y mi mochila, de modo que tuve que mandarla como equipaje normal. Estaba tan nerviosa. Yo viajaba en la mañana y el evento era esa misma noche. Además, debía hacer escala en El Salvador. Si la maleta se extraviaba, iba a ser un desastre, ¡y habíamos trabajado tanto! Yo iba todo el camino rezando y preocupada, lo cual tampoco es muy bueno porque cuando viaja a otro país, lo peor que uno puede hacer es andar por ahí con cara de nerviosismo. Recordaba que cuando era niña, viajé con mis padres a visitar unos familiares en el extranjero y en el aeropuerto, mi padre tomó la maleta equivocada. Nos dimos cuenta al llegar al hotel y tuvimos que esperar varios días para que cada familia recuperara la suya. Pensaba en esas cosas cuando el avión aterrizó y había llegado a mi destino. Qué gran alegría fue recoger mi maleta sana y salva. Cuando di el primer paso fuera del aeropuerto con mi maleta en la mano y la mochila en los hombros, me convertí en la persona más feliz del planeta. Ya estaba allá y estaba bien.

La librería había reservado un salón muy bonito con sillas y mesas. Para mi sorpresa, hasta habían impreso un poster anunciando el evento y lo tenían en la entrada. Llegó la hora y poco a poco empezó a llegar la gente. Gente que no había visto nunca en mi vida, que no sabía nada de mí, decidieron apoyarme e invitaron a sus contactos a que fueran. El lugar se fue llenando y comenzamos con la presentación. No quería hacer un acto muy formal, así que estuvimos conversando, riendo y leyendo prácticamente todo el tiempo. Antes de que terminara, ya el salón estaba repleto. Habían personas paradas y hasta sentadas en el suelo. Recibí cerca de 40 menciones en Twitter esa noche, tres veces más de lo que recibí cuando presenté mi libro en Panamá. A la semana siguiente, el dueño de la librería me escribió para decirme que mi libro fue el más vendido esa semana. Casi me muero.

Aprendí mucho de esta experiencia, principalmente en la buena voluntad de las personas, en el poder de las redes sociales, y sobre todo, en la capacidad que tenemos dentro para lograr que las cosas que queremos, finalmente sucedan.