BLANK – AGOSTO / SEPTIEMBRE 2013

Hay sueños que se cumplen cuando uno menos lo espera. Aparecen repentinos, espontáneos, oportunos. Otros, sin embargo, requieren de mucho esfuerzo para hacerlos realidad. En mi caso, estoy a punto de realizar uno que he tenido desde pequeña y que ahora, después de muchos años espero concretar muy pronto: escribir un libro. Ha sido una tarea larga, dura, tormentosa y a la vez repleta de alegría y emoción.

No recuerdo exactamente cuándo empecé esta travesía. Si tuviera que remontarme al primer cuento que redacté, es probable que tuviera apenas unos siete años. Escribí una historia sobre las aventuras de una niña llamada «Julie», cuyo nombre, estaba influenciado por una cómica que transmitían en la televisión en esa época. Estaba escrito a lápiz, en varias hojas tamaño carta. Sería imposible acordarme de la trama, pero estoy segura que debió haber sido tierno, empalagoso y cursi. La última vez que lo vi, hace muchísimo tiempo, estaba traspapelado entre algunas revistas viejas en la casa de mi abuelita. El libro que escribo ahora es de cuentos, y contrario a la mentalidad que tenía de pequeña, sus personajes son seres perturbados, en situaciones difíciles y complejas, algo un poco más parecido a la vida real, o mejor dicho a la realidad de mi vida. De niña, mi universo era una aventura de colores pasteles y, ahora de adulta, la gama de tonalidades es mucho más amplia y diversa, al igual que su reflejo en el papel.

Hay quienes desde chicos, demuestran un talento para la música, el deporte, la pintura, o bien desarrollan tanto interés por una rama que terminan encaminándose en esa dirección. Lo mío, siempre fueron las letras, y aunque no sé si contaba con un talento innato para ello, sí es lo que siempre me ha gustado. Reconozco que toda la vida fui, soy y seré, como dicen en el argot pupular: nerd. En la escuela siempre participaba de los concursos de ortografía y redacción, y de adulta, asistí a varios talleres y cursos literarios. A mí me gustaba estudiar, pero más que nada me gustaba leer y quien desarrolla mucho amor por la lectura, eventualmente termina cayendo en los brazos de la escritura.

No obstante, a pesar de que siempre me sentí encaminada hacia esa dirección, no solía visualizarme en la labor de, literalmente, sentarme a escribir un libro. Más bien, hablaba de ello como un sueño. Algo que quería realizar en un futuro. Y así me pasé muchos años. Hasta que un día, en esas sacudidas de realidad que te da la vida, me di cuenta que si no ponía empeño en realizarlo, nunca lo haría. Entonces, me puse como meta, sacarlo este año. Y no ha sido fácil. He tenido que desvelarme muchas noches, renunciar a idas al cine, a paseos, fiestas de amigos y reuniones familiares. Porque dentro de todo el esfuerzo que equivale sacar tiempo para proyectos tan personales, tampoco se puede descuidar del todo a la familia, al trabajo, incluso a los hobbies. Es difícil llegar a la casa cansada, después de estar todo el día en la computadora, para seguir sentada en la cama en la misma computadora el resto de la noche. Además debo reconocer que soy una persona perezosa. A mí me encanta dormir, y me fascina tirarme en una cama, en un sofá o en el piso a no hacer nada. No digamos que todo el día, pero si pudiera hacerlo a menudo, lo haría. También me distraigo fácilmente. Tengo la fortuna de trabajar en una oficina ubicada en el piso 21 de un edificio con vista al mar, lo cual es un deleite a los ojos y a la vez un motivo para distraerme con regularidad. Solo tiene que pasar un pájaro, una mariposa, o hasta un globo de helio para que mi mirada se despegue de la computadora y se vaya a recorrer otros mundos.

Además soy desorganizada y perezosa. También, paranoica e insegura. Me pasa que termino de escribir una historia, y luego de algunos días, no me gusta. Entonces no puedo dormir pensando que el libro está malo, que no sirve. Me lleno de dudas y es un desastre. Lo bueno es que mi editor me tiene paciencia y me dice que no me preocupe, que es normal sentirse así, y que a todo el mundo le pasa. Imagino que igual debe suceder en todos los ámbitos. Un arquitecto que diseña un edificio y se despierta en mitad de la noche porque no le gusta cómo le quedó tal pared, o un músico que piensa que su disco es lo máximo y luego que lo escucha quisiera tirarlo a la basura. Ya estoy tratando de no pensar negativo y disfrutar de cada una de las partes del proceso de creación. Lo más probable es que lo publique y luego de unos años me dé pena, tal como me ha sucedido muchas veces con mi trabajo o, incluso, con esta columna. En el momento uno cree que todo está bien, y cuando vuelvo a verlo le encuentro errores o frases que me hubiera gustado no haber dicho. En fin, si algo he aprendido de todo esto, es que la vida es demasiado corta para preocuparse por el pasado o el hubiera. Siempre todo puede quedar mejor, al igual que puede quedar peor. Las cosas que hacemos ahora quizás no nos gusten en un futuro, pero son el reflejo de cómo nos sentimos en este momento, y no hay mejor tiempo para hacerlas que el ahora.