BLANK – ABRIL / MAYO 2013

No sé si sea una conducta natural o un patrón aprendido, pero hay que aceptar que al ser humano no le gusta perder. No estamos acostumbrados, ni se nos enseña a ello, y quizás por eso se nos hace tan difícil; sobre todo a nivel personal. Somos capaces de aguantarnos un jefe abusivo o a una pareja egoísta por el temor a arriesgarnos a lo desconocido. Sin embargo, todos los días se pierde y se gana en muchos aspectos, y dejar de intentarlo no solo nos puede privar de adquirir experiencias muy satisfactorias, sino que también nos puede llevar al fracaso.

Hace poco más de un año, decidí probar un deporte. Hago constar que nunca practiqué deportes en toda mi vida y empezar a hacerlo cuando se está en los treinta requiere de muchas ganas y, sobre todo, de una gran fuerza de voluntad. En especial en mi caso, que de niña siempre fui la típica nerd que sacaba excelentes notas académicas, pero que no era capaz de apañar ni siquiera una pelota de papel. Las clases de educación física eran un castigo, empezando por el clásico uniforme de escuela pública. Aún puedo sentir el dolor que dejaba en mis muslos la línea del elástico del pantalón corto rojo. Probablemente aquello será lo más cercano que estaré de tener un tatuaje en la vida. El escenario era catastrófico: yo, la niña más pálida y delgada del salón, con pantalones muy cortos, corriendo torpemente a lo largo de la cancha mientras fallaba todos los tiros que me hiciera el maestro o mis compañeras de clase. Era un martirio. Mis cincuenta minutos de vergüenza pública semanal frente a todos los niños y niñas de la escuela. Recuerdo que al terminar la secundaria, una de las primeras cosas que dije fue que me alegraba muchísimo no tener que dar educación física nunca más. Y de hecho, mientras escribo estas líneas siento un gran alivio de que sea cierto.

No obstante, a medida que uno crece (por no decir envejece), se va dando cuenta de la importancia de hacer ejercicio, en especial cuando la mayoría de los trabajos de oficina se dan de modo sedentario. Entonces uno se da cuenta que el hecho de ser delgado no es garantía de salud, y se va entusiasmando con las actividades físicas que practican tus amistades o que ves en la televisión, o leíste en internet; de modo que no sé ni cómo ni por qué, un día me metí a practicar Ultimate Frisbee.

El Ultimate Frisbee, en pocas palabras, es un deporte que se practica al aire libre, con dos equipos, donde para anotar un punto, los jugadores deben avanzar pasándose el disco volador entre ellos, y apañarlo en el área de gol. En realidad es mucho más complicado, pero esa es la idea en general. Se juega en una cancha con una medida similar a las que se juegan en fútbol. De modo que requiere de muchos pulmones y buenas condiciones físicas para correr de un lado a otro durante todo el partido, que regularmente dura una hora.

Cuando llegué el primer día, todos me dijeron que no importaba si no había jugado nunca antes, que lo principal era participar y divertirse. Yo, como aún mantengo un alto grado de inocencia, pensé que aquello sería espectacular y me inscribí en la Liga de Verano. Ese mismo día me di cuenta que las capacidades que tenía para el ejercicio físico en la primaria no habían variado mucho ahora que era adulta. De hecho se mantenían practicamente al mismo nivel. Además, descubrí también que mi cuerpo tenía una especie de imán que hacía que cualquier disco que tiraran mal por equivocación fuera a parar directamente en mi cabeza, hombro, espalda o pantorrilla. Mis rodillas fueron las primeras en manifestarse en contra y lo hicieron en todo su esplendor. Esas primeras semanas subía y bajaba escaleras igual o peor que una mujer embarazada a punto de dar a luz. Debo confesar que hubo momentos en los que pensé que debería renunciar a esa locura. Que definitivamente el deporte no estaba hecho para mí. Sin embargo, a pesar de todo el sufrimiento, yo me divertía. Y aunque lento, muy, muy lento, mejoraba. La liga empezó y me tocó un equipo que, como era lógico, debía ser el peor. Siempre perdíamos. De hecho, creo que nunca ganamos un solo juego. Era muy frustrante y cualquiera pensaría que tenía todas las razones para renunciar, pero tampoco me di por vencida, y seguí. Luego vinieron otros torneos, un disco me pegó en la cara y me dejó un ojo morado por un mes; tampoco renuncié. Seguí practicando y tratando de mejorar. Este año volví a la liga de verano y mi equipo volvió a ser el peor, pero al menos ganamos un partido. Y lo mejor de todo fue que logré meter mi primer punto. De hecho, he logrado meter varios en algunos juegos amistosos.

Debo confesar que mi cabeza sigue siendo un imán para cualquier disco desviado, pero al menos ya no me duelen las rodillas. He aprendido a hacer defensas, a superar mi miedo al disco, tan parecido a mi miedo a las pelotas de beisbol, he hecho buenas amistades, y lo principal: me he divertido a montones. Se supone que en los deportes los buenos son los que ganan; pero en mi caso a pesar de haber perdido siempre, yo en verdad siento que he ganado mucho.